La primera vez que vi a mi madrastra empacando la ropa de mi hija para echarla de mi propia casa, tuve que repetir el video tres veces para aceptar que no estaba imaginándolo.
En la pantalla del teléfono, Brenda doblaba las blusas de Natalia con movimientos rápidos y furiosos. Abría los cajones, sacaba puños de ropa y los arrojaba dentro de una maleta azul. La misma maleta que yo había comprado para el viaje de graduación de primaria de mi hija.
—Te vas a ir antes de que regrese tu papá —decía Brenda, sin mirar a la cámara—. Ya veremos si después de pasar unos días lejos aprendes a dejar de causar problemas.
Natalia estaba de pie junto a la cama. Tenía los brazos pegados al cuerpo y la mirada fija en el piso.
—Pero esta es mi casa.
—Es la casa de tu papá.
—También es mi casa.
Brenda se detuvo.
No gritó. Eso fue lo peor. Se acercó a Natalia con una serenidad que me hizo sentir un frío espantoso y le levantó la barbilla con dos dedos.
—Cuando él no está, yo decido quién pertenece aquí.
Mi hija no respondió.
Brenda volvió a la maleta.
—Mañana te llevo con tu abuela Elena. Y si tu papá pregunta, le diré que tú quisiste irte.
La grabación terminó cuando la imagen se sacudió. Sofía, escondida detrás de la puerta entreabierta, había bajado el teléfono de golpe.
Yo estaba sentado al borde de mi cama cuando la pantalla se puso negra. Afuera, la casa permanecía en silencio. Abajo se escuchaba el ruido lejano de la televisión y la risa de Brenda, como si no hubiera pasado nada.
Como si no hubiera humillado a mi hija.
Como si no hubiera intentado expulsarla.
Sofía, mi hija menor, seguía a mi lado. Tenía ocho años y llevaba puesta una pijama amarilla de estrellas. Sus dedos estaban apretados alrededor de mi muñeca.
—Papá —susurró—, no bajes todavía.
Mi primer impulso había sido levantarme, bajar las escaleras y exigirle a Brenda que saliera de mi casa en ese mismo instante. Sentía las manos entumidas. La sangre me golpeaba las sienes con tanta fuerza que apenas podía escuchar.
—¿Cuándo grabaste esto?
—Ayer.
—¿Por qué no me llamaron?
Sofía bajó la mirada.
—Natalia dijo que estabas trabajando y que no quería que perdieras el viaje por su culpa.
Por su culpa.
Esas dos palabras me atravesaron.
Yo había regresado unas horas antes de San Antonio, después de un viaje de trabajo que debía durar seis días y que logré terminar en cuatro. Desde hacía meses, cada vez que salía de la ciudad, sentía una angustia que no sabía explicar. Llamaba a mis hijas por las noches y siempre encontraba algo extraño en sus voces.
Natalia respondía que todo estaba bien.
Sofía hablaba demasiado rápido.
Brenda aparecía detrás de ellas para asegurarme que las niñas estaban perfectas, aunque Natalia había estado “imposible”, “contestona” o “demasiado sensible”.
Yo le creía.
No porque desconfiara de mis hijas, sino porque Brenda llevaba años perfeccionando la imagen de mujer sacrificada. Se había casado con mi padre cuando yo tenía quince años. Después de que él murió, ella mantuvo cierta cercanía conmigo y, con el tiempo, terminó convirtiéndose en una presencia habitual en nuestra familia.
Cuando me separé de Laura, la madre de mis hijas, Brenda fue de las primeras en ofrecerme ayuda.
—No puedes hacerlo todo solo, Javier —me repetía—. Déjame apoyarte.
Mis viajes se hicieron más frecuentes tras un ascenso en el trabajo. Laura vivía en otra ciudad y veía a las niñas algunos fines de semana, así que, durante mis ausencias, Brenda se quedaba en casa con Natalia y Sofía. A veces llevaba a sus propios hijos, Leo y Valeria, de once y trece años.
Yo pensaba que era una solución temporal y segura.
Ahora entendía que había dejado entrar el peligro por la puerta principal y hasta le había dado una copia de las llaves.
—¿Hay más videos? —pregunté.
Sofía asintió.
Abrió una carpeta escondida en su teléfono. Había nueve archivos.
Nueve.
El primero mostraba el comedor. La cámara estaba colocada abajo, probablemente sostenida entre las rodillas de Sofía. En la mesa había una charola de pollo rostizado, pan caliente y verduras. Reconocí el mantel, las sillas y los platos que usábamos todos los días.
También reconocí la voz de Brenda.
—Leo, sírvete otra pierna. Valeria, come más verduras.
Natalia permanecía de pie junto a la mesa.
—¿Y mi plato?
Brenda la miró con desconfianza, como si la pregunta fuera una provocación.
—Tú vas a comer lo que quedó de ayer.
—¿Por qué?
—Porque yo estoy a cargo y punto.
—Pero no hice nada.
—Ese es el problema contigo. Siempre tienes que discutir.
El video cambió de ángulo cuando Sofía se movió. Vi a Natalia caminar hacia la cocina con la cabeza agachada. Brenda la siguió y sacó del refrigerador un recipiente de plástico. Dentro había trozos fríos de pollo reseco y arroz apelmazado.
No calentó la comida.
La dejó frente a Natalia.
—Come.
—Está fría.
—No seas malagradecida.
—¿Puedo calentarla?
—No. Ya hiciste esperar a todos.
Natalia tomó un pedazo de pollo. Mientras los demás comían hasta llenarse, ella mordió aquella carne helada en la cocina. Brenda retiró la charola de pollo fresco y la colocó lejos de su alcance.
—La comida buena es solo para mis hijos.
La voz de Natalia apenas fue un murmullo.
—Yo también soy parte de la familia.
Brenda cruzó los brazos.
—Tú no eres mía.
Tuve que detener el video.
Me faltaba aire.
Recordé que esa misma noche yo había llamado desde el hotel. Natalia no quiso encender la cámara. Me dijo que estaba cansada. Brenda apareció detrás de Sofía para decirme que mi hija mayor se había encerrado porque hizo un berrinche durante la cena.
Yo le pedí a Natalia que se portara bien.
Le dije que no le causara problemas a Brenda.
La vergüenza me quemó la cara.
—Yo la regañé —dije en voz baja.
Sofía no intentó consolarme.
—Sí.