Cerré los ojos.
—¿Qué te dijo?
—Que Natalia estaba fuera de control. Dijo que había amenazado con escaparse y que quizá era mejor que se quedara conmigo por un tiempo.
—¿Le creíste?
—No completamente. Por eso le pedí hablar con Natalia. Brenda dijo que estaba dormida.
—¿Te habló de la abuela Elena?
—Me dijo que tú habías autorizado llevarla con tu mamá.
Mi madre Elena vivía en Querétaro. Quería a mis hijas, pero se estaba recuperando de una cirugía y no estaba en condiciones de recibir a una niña sin previo aviso. Brenda lo sabía.
—Yo no autoricé nada.
—Javier, ¿qué está pasando?
Le conté lo necesario. No traté de justificarme. Al escuchar la parte de la comida, Laura dejó de hablar. Cuando terminé, su voz sonó contenida y fría.
—Quiero ver los videos.
—Ya te los envié.
—Voy para allá.
—Laura, son casi las diez.
—Voy para allá.
Colgó.
Al salir del baño, Natalia estaba junto a la ventana.
—Mi mamá viene, ¿verdad?
—Sí.
—Brenda va a decir que quiero irme con ella.
—¿Quieres hacerlo?
Mi hija tardó en responder.
—Quiero estar donde me crean.
No podía pedirle más que eso.
Desde abajo, Brenda volvió a llamarme.
Esta vez sonaba impaciente.
—¡Javier! ¡Tenemos que hablar ahora mismo!
Le pedí a las niñas que se quedaran en la habitación y bajé. Llevé el teléfono de Sofía en el bolsillo, pero no mencioné las grabaciones.
Brenda estaba sentada en la sala. Había dejado una taza de café frente a mí, como solía hacer cuando quería tener una conversación “seria”. Leo y Valeria ya no estaban; su padre había pasado por ellos antes de mi llegada.
—Por fin —dijo—. Siéntate.
Permanecí de pie.
—¿Qué hizo Natalia?
Brenda exhaló, agotada, interpretando a la perfección el papel de cuidadora herida.
—No sé qué le pasa. Estuvo desafiante toda la semana. Se negó a comer, acusó a Leo de romper un florero, asustó a Sofía y hoy dijo que quería irse. Tratamos de empacar algunas cosas para que se calmara con tu mamá.
Cada palabra coincidía con lo que yo había visto, solo que acomodada para convertir a la víctima en culpable.
—¿Mi mamá aceptó recibirla?
—Todavía no hablé con Elena.
—Entonces, ¿por qué empacaste?
Brenda parpadeó.
—Porque Natalia insistió.
—¿Ella te pidió que la llevaras?
—Prácticamente.
—¿Qué dijo exactamente?
Su expresión cambió apenas. Fue un movimiento pequeño: la comisura de la boca se tensó y sus dedos se cerraron alrededor de la taza.
—No recuerdo las palabras exactas.
—Inténtalo.
—¿Por qué me estás interrogando?
—Porque acabas de decirme que mi hija de doce años quiso abandonar su casa mientras yo estaba fuera.
Brenda se levantó.
—Estoy tratando de ayudarte. Siempre he tratado de ayudarte, aunque tú permites que esa niña me falte al respeto.
—¿Qué hizo para faltarte al respeto?
—Me desafía.
—Dame un ejemplo.
—Cuestiona todo lo que digo.
—¿Como preguntar por qué no puede comer?
Su rostro perdió el color.
Solo durante un segundo.
Después negó con la cabeza.
—Ya empezó a inventar cosas.
—Yo no dije que ella me hubiera contado.
El silencio llenó la sala.
Brenda me miró fijamente. Vi el instante en que comprendió que había algo que no sabía.
—¿Dónde está Sofía?
—Durmiendo.
—Quiero verla.
Se dirigió a las escaleras, pero me interpuse.
—No.
—Javier, quítate.
—Mis hijas no van a quedarse a solas contigo otra vez.
La máscara de cansancio se le cayó del rostro.
—Después de todo lo que he hecho por ti, ¿vas a creerle a una adolescente manipuladora?
—Tiene doce años.
—Tiene la misma malicia que su madre.
—No vuelvas a hablar así de ella.
—Alguien tiene que decirte la verdad. Natalia está celosa de mis hijos, quiere controlar esta casa y sabe perfectamente cómo ponerse en papel de víctima.
Sentí el teléfono de Sofía en mi bolsillo. Por un momento quise reproducir el video frente a Brenda y obligarla a escuchar su propia voz.
No lo hice.
Necesitaba saber hasta dónde estaba dispuesta a llevar la mentira.
—¿Por eso le dijiste que no pertenecía aquí?
Brenda se quedó inmóvil.
—Yo jamás dije eso.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—¿Y nunca le diste sobras frías mientras tus hijos comían pollo recién hecho?
—Claro que no.
—¿Nunca le quitaste el desayuno?
—Esas son mentiras.
—¿Nunca tomaste el dinero de su mochila?
—Estás diciendo cosas absurdas.
—¿Y no planeabas sacarla de la casa antes de que yo regresara?
Golpeó la taza contra la mesa.
—¡Ya basta! No tienes derecho a tratarme como una criminal.
—Tienes razón. No eres una criminal. Eres una adulta que esperó a que yo saliera para maltratar a una niña y luego convenció a su padre de que ella era el problema.
Brenda respiraba rápido.
—No puedes probar nada.
Saqué el teléfono.
No reproduje todos los videos. Solo abrí el primero y dejé que su propia voz llenara la sala.
“La comida buena es solo para mis hijos.”
Brenda miró la pantalla.
Después levantó la vista hacia las escaleras.
—Sofía.
No sonó sorprendida.
Sonó furiosa.
—Ni se te ocurra acercarte a ella —le advertí.
Entonces alguien tocó el timbre.
Laura había llegado.
Y Brenda, acorralada por primera vez, hizo lo único que todavía podía hacer.
Intentó culpar a Natalia.
PARTE 3: LA NIÑA DIFÍCIL
Laura entró sin saludar.
Había manejado casi dos horas y todavía llevaba el uniforme de la clínica donde trabajaba. En cuanto la vio, Brenda empezó a hablar.
—Qué bueno que viniste. Javier perdió la cabeza por unos videos sacados de contexto.
Laura dejó su bolso sobre una silla.
—Vi los videos en el camino.
—Entonces sabes que Natalia estuvo provocándome.
—Vi a una mujer adulta negándole comida a mi hija.
—No le negué comida. Tenía un plato completo.
—Frío.
—No se iba a morir por comer algo frío.
La crueldad de la frase nos dejó en silencio.
Brenda se dio cuenta demasiado tarde.
—No quise decirlo de esa forma —añadió—. Estoy cansada. Llevo días ocupándome de niños que ni siquiera son mi responsabilidad.
—Exactamente —dije—. Ya no lo serán.