Tomé su bolsa y la puse junto a la puerta.
—Quiero que te vayas.
Brenda me miró como si la hubiera abofeteado.
—Esta casa también fue de tu padre.
—Mi padre murió hace seis años. Yo compré esta casa después.
—Sabes a qué me refiero. Soy tu familia.
—Natalia también lo es. Y tú le dijiste que no.
En lo alto de las escaleras apareció mi hija.
No había obedecido mi petición de quedarse en el cuarto. Sofía estaba detrás de ella.
Brenda las vio.
—Ven aquí, Natalia —ordenó—. Diles la verdad. Diles cómo me contestaste. Diles que tiraste la comida y que amenazaste con escaparte.
Natalia descendió un escalón.
—Yo no amenacé con escaparme.
—Dijiste que no querías estar conmigo.
—No es lo mismo.
—¿Lo ves? —Brenda nos señaló a todos—. Siempre cambia las palabras.
Mi hija respiró hondo.
—Dije que no quería quedarme contigo porque me dabas miedo.
La sala quedó inmóvil.
Brenda soltó una risa sin humor.
—Qué conveniente.
—Me dabas miedo porque cambiabas cuando mi papá se iba. Delante de él me abrazabas. Cuando se cerraba la puerta, me decías que yo arruinaba todo.
—Eso es mentira.
—Me dijiste que mi papá estaría mejor si solo tuviera a Sofía.
Noté que Laura apretaba los puños.
—¿Cuándo le dijiste eso? —preguntó.
—Nunca.
Natalia siguió bajando hasta quedar frente a nosotros.
—La noche que rompiste mi dibujo.
Yo no sabía nada de un dibujo.
—¿Qué dibujo? —pregunté.
Natalia me miró.
—El de la escuela. El que iba a entregar para la exposición.
Recordé haberle preguntado por ese trabajo. Ella dijo que lo había perdido. Yo le contesté que debía ser más responsable.
—Brenda lo rompió —continuó—. Dijo que estaba cansada de verme dibujar en lugar de ayudar en la casa.
—Fue un accidente —replicó Brenda.
—Hace un segundo dijiste que nunca pasó.
Esa vez fui yo quien habló.
Brenda abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Natalia subió corriendo y regresó con un cuaderno. Entre dos hojas había guardado los pedazos de un dibujo unidos con cinta adhesiva. Era un retrato de Sofía y de mí preparando hot cakes. En una esquina había escrito: “Mi lugar seguro”.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué no me lo enseñaste?
—Porque cuando te pregunté si podía volverlo a hacer, me dijiste que ya habías hablado con Brenda y que yo tenía que dejar de inventar excusas.
Recordé aquella conversación.
Brenda me había asegurado que Natalia perdió el dibujo porque dejó su mochila abierta. Yo estaba en un aeropuerto, a punto de abordar. Le dije a mi hija que resolveríamos el problema cuando regresara.
Nunca lo hice.
Brenda dio un paso hacia ella.
—Todo lo que hice fue para corregirte.
Laura se interpuso.
—No necesitas corregir a mi hija.
—Alguien tenía que hacerlo. Tú casi nunca estás y Javier no sabe poner límites.
Aquella acusación no era completamente falsa. Laura y yo habíamos cometido errores después de separarnos. Discutíamos horarios, viajes, pagos y fines de semana. A veces estábamos tan concentrados en no perder terreno frente al otro que olvidábamos mirar a las niñas.
Pero nuestros errores no justificaban lo que Brenda había hecho.
—Sal de la casa —repetí.
—No hasta que hablemos como adultos.
—Ya hablamos.
—Te arrepentirás cuando Natalia empiece a hacerte lo mismo. Te va a enfrentar con Laura. Luego pondrá a Sofía en tu contra. Es igual que…
—No termines esa frase.
Brenda se volvió hacia Sofía.
—Dame el teléfono.
Mi hija menor retrocedió.
—Brenda —dije.
—Me grabó sin permiso. Esos videos son míos.
—No —respondió Sofía, con la voz temblorosa—. Son de Natalia.
Brenda avanzó.
Yo me coloqué entre las dos.
—Te dije que no te acercaras.
—¡Es una niña! ¡No sabe lo que hizo!
—Sabía que su hermana necesitaba ayuda.
Por primera vez desde que comenzó la confrontación, Natalia tomó la mano de Sofía.
Brenda miró a las dos niñas. Algo parecido al desprecio cruzó su rostro.
Entonces comprendí una parte que se me había escapado.
—¿Por qué a Sofía no la tratabas igual?
Brenda apretó los labios.
—No sé de qué hablas.
—En los videos casi no le dices nada. Todo era contra Natalia.
—Porque Sofía sí sabe comportarse.
—No —intervino mi hija menor—. Me decías que si no te hacía caso me ibas a tratar como a ella.
Natalia giró la cabeza hacia su hermana.
—¿Qué?
Sofía comenzó a llorar.
—Decía que si te ayudaba me iba a quitar la comida también.
Natalia la abrazó.
—No fue tu culpa.
—Por eso grabé. Pero tardé mucho.
—No fue tu culpa —repitió Natalia.
Yo observé a mis hijas consolándose por algo que nunca debieron enfrentar y entendí que la comida fría no había sido un castigo aislado. Era un método. Brenda había elegido a una para humillarla y a la otra para controlar a través del miedo.
—Las estaba poniendo una contra la otra —dijo Laura.
—No dramatices —respondió Brenda.
—Te aprovechaste de que estaban solas.
—¡Me aproveché de nada! He sacrificado mi tiempo por esta familia. Cociné, limpié, las llevé a la escuela. ¿Y así me pagan? ¿Con grabaciones y acusaciones?
—Nadie te obligó a quedarte —dije.
—Tú me necesitabas.
La frase quedó suspendida entre nosotros.
No dijo que las niñas la necesitaran.
Dijo que yo la necesitaba.
Y tenía razón. Me había vuelto dependiente de su ayuda. Brenda lo sabía. Cada vez que Natalia se quejaba, ella me recordaba los viajes, los horarios y lo difícil que sería encontrar a otra persona. Yo temía perder la estabilidad que había organizado alrededor de mi trabajo.
Así que permití que la comodidad pesara más que la voz de mi hija.
—Ya no —contesté.
Abrí la puerta.
Brenda recogió su bolsa. Antes de salir, volvió a mirar a Natalia.
—Cuando todo esto se calme, tu papá entenderá la clase de hija que tiene.
Esta vez, Natalia no bajó la cabeza.
—Él ya entendió la clase de madrastra que tiene.
Brenda palideció.
Luego salió y azotó la puerta.
Creí que la parte más difícil había terminado.