« Si vous m’appelez pour continuer à m’insulter, je raccroche », dis-je d’un ton si glacial que je la coupai net. « J’ai du travail. »
« N’ose même pas me pendre, insolente fille ! » s’écria-t-elle, perdant complètement son sang-froid aristocratique.
On entendait le craquement du bois fin, probablement dû à ses longs ongles en acrylique qui s’enfonçaient dans l’accoudoir de son fauteuil en velours.
—¿Qué es esa porquería que está circulando en internet? —siseó, bajando el tono como si temiera que los sirvientes la escucharan a través de las puertas cerradas—.
—¿Quién te autorizó a ventilar los asuntos privados de esta familia frente a extraños?
Me quedé atónita un segundo ante el grado absoluto de delirio.
—¿Ventilar yo? —solté con una risa seca que resonó hueca en mi departamento vacío—.
—Mamá, tus dos hijos consentidos sacaron sus celulares para grabarme y burlarse de mí en redes sociales. Ellos crearon el espectáculo.
—¡Tus hermanos estaban bromeando! —gritó doña Patricia, con una furia sorda que le estrangulaba la garganta—.
—¡Era una reunión familiar! ¡Entre hermanos se juegan bromas pesadas, todo el mundo lo sabe! Pero tú… tú siempre has sido una resentida, una amargada que no sabe convivir.
Hizo una pausa para tomar aire, un aire ruidoso que silbaba en sus pulmones.
—Dime de una vez quién le entregó ese video a Don Guillermo Valles. Mateo me dice que ese hombre estaba sentado en la mesa de la terraza. ¿Fuiste tú a lloriquearle? ¿Le pagaste a sus empleados para que nos exhibieran?
La sospecha.
Ahí estaba la primera semilla podrida de la duda brotando en su mente retorcida.
Para mi madre era inconcebible que las consecuencias de sus propios actos la alcanzaran por puro peso moral.
En su universo mental, si algo salía mal, tenía que ser producto de una conspiración, de una trampa, de una mano negra que conspiraba para arrebatarle su corona imaginaria.
—Yo no le hablé a nadie, mamá —le respondí con lentitud, saboreando cada palabra—. Me levanté de la mesa, besé a mi abuela y me vine a mi departamento a limpiarme la porquería que me arrojaste.
—¡No me mientas! —bramó, y por primera vez detecté una grieta de terror auténtico filtrándose entre sus gritos—.
—Ese hombre no sabe quién eres tú. Don Guillermo Valles no se mezcla con programadores de pacotilla ni con técnicos de computadoras. ¡Él hace negocios con los hombres más importantes del país! ¿Por qué te defendería a ti? ¿Qué clase de artimaña hiciste a nuestras espaldas?
Caminé lentamente hacia el ventanal de mi sala, sosteniendo el teléfono pegado a la oreja con una serenidad casi antinatural.
Abajo, las luces de los automóviles fluían por la avenida principal como un río de mercurio incandescente.
Me vi reflejada en el cristal oscuro: el cabello todavía húmedo, la piel pálida sin una sola gota de maquillaje, los hombros rectos.
La imagen viva de la hija a la que intentaron quebrar durante tres décadas a base de desprecio y migajas emocionales.
—Tal vez, mamá, Don Guillermo simplemente vio lo que ustedes son incapaces de ver —dije con voz susurrada, casi íntima—.
—Un grupo de parásitos vestidos con ropa cara, tratando como basura a la única persona que no necesita el apellido Garza para sostenerse en pie.
—¡Cállate la boca! —gritó doña Patricia, y escuché de fondo el sonido de un vaso de cristal haciéndose añicos contra el piso de mármol de la mansión—.
—¡No te atrevas a hablarme así en mi propia casa! ¡Tú no eres nadie! ¡Una empleaducha que tuvo suerte con unos codiguitos de internet!
La respiración de mi madre era un jadeo asmático y desordenado.
—Mateo está perdiendo la empresa de bienes raíces… Su suegro lo amenazó hace diez minutos con sacarlo de la sociedad si Don Guillermo retira los fondos de la constructora. ¿Entiendes lo que eso significa, imbécil? ¡Es la ruina de tu hermano!
—Es el problema de Mateo —respondí, y la frialdad de mi tono pareció congelar la línea por completo—.
—No el mío.
—¡Vas a redactar un desmentido en este mismo instante! —ordenó ella, recuperando por un segundo ese tono de dueña de hacienda que usaba con la servidumbre—.
—Vas a subir un video diciendo que todo fue un malentendido familiar, que la champaña se te cayó encima por accidente y que tus hermanos solo intentaban ayudarte a limpiar.
Solté una carcajada corta y afilada que pareció electrocutar la llamada.
—¿Ayudarme a limpiar, mamá? Mateo estaba enfocando mi cara en primer plano mientras gritaba que me veía como una pordiosera.
—¡Haces lo que yo te ordene! —chilló ella con una desesperación que ya no lograba enmascarar—.
—Si no limpias el nombre de esta familia antes de que amanezca, olvídate de que tienes madre. ¡Te desheredo, Elena! Te borro del testamento de tu padre y me encargo de que ninguna persona respetable en esta ciudad vuelva a dirigirte la palabra.
La amenaza del testamento.
El viejo truco con el que mantuvo atados y sometidos a Mateo, a Paulina y a Rodrigo durante toda su juventud.
El látigo invisible con el que los obligaba a asistir a sus desayunos hipócritas, a casarse con personas de su agrado y a fingir matrimonios perfectos mientras sus vidas personales se caían a pedazos.
Sentí una pena infinita por esa mujer encerrada en su jaula dorada.
Una pena que duró exactamente tres segundos antes de disolverse en la nada.
—Haz lo que tengas que hacer con tu testamento, mamá —le dije con una serenidad que le debió saber a plomo derretido—.
—El único patrimonio que me interesaba de esa casa me lo dio mi abuela Carmen cuando empeñó sus aretes para que yo pudiera comprar mi primera laptop.
—¡Elena!
—Buenas noches, Patricia.
Aparté el teléfono de la oreja y presioné el botón rojo de la pantalla con una precisión mecánica.
La llamada se cortó en seco.
Durante diez segundos enteros no respiré, dejando que el silencio de la habitación me envolviera como un manto protector.
El eco de sus gritos aún vibraba en las esquinas de mi cabeza, pero ya no me dolía.
Había pasado la etapa en la que las palabras de mi madre tenían el poder de hacerme llorar encerrada en el baño.