—¿No viste entrar a Morales? —siseó Jimena con rabia contenida—.
—Ese viejo no se mueve de las oficinas centrales a menos que huela sangre. Si la Unidad de Inteligencia Financiera está auditando la partida tres mil, estamos muertos.
—Morales es un perro viejo sin dientes —bufó Mateo con una arrogancia que me erizó la piel por su estupidez suicida—.
—Vino a buscar notoriedad política, nada más. Además, nadie sospecha de mí. Todos en el Estado Mayor creen que vivo de mi salario y que apenas me alcanza para mantener a la estúpida de mi mujer.
Un silencio breve y denso interrumpió la discusión.
Luego, el crujido metálico de un cierre y el roce de telas pesadas.
—Esa mujer tuya es patética, Mateo —dijo Jimena con un desprecio mordaz—.
—Tener que sentarme a tres metros de esa muerta de hambre me revuelve el estómago. Doña Verónica tiene razón: no entiendo cómo aguantaste seis años casado con semejante estorbo.
—Elena no es un estorbo, mi amor… es una pantalla perfecta —dijo Mateo, y por el tono de su voz pude sentir su respiración cercana a la de ella—.
—Una esposa gris, aburrida, sin amigos, sin ambiciones, que no gasta, que no sale de la casa y que no hace preguntas.
—Mientras todos crean que soy el marido sacrificado que carga con una mantenida inútil, nadie se va a preguntar de dónde saco el dinero para comprar el departamento en Cancún a tu nombre ni para pagarte ese brazalete que tanto te gusta lucir.
Se escuchó una risa baja de Jimena.
Una risa cómplice, húmeda y satisfecha.
—El brazalete fue un regalo de Valenzuela por cerrar el trato de las transmisiones de los camiones, no tuyo —se burló ella suavemente—.
—Pero te admito que la joya es hermosa. ¿Estás seguro de que tu madre no va a abrir la boca de más? Se la pasa presumiendo que vengo de familia rica.
—Mi madre odia tanto a Elena que se traga cualquier cuento con tal de restregárselo en la cara —respondió Mateo con una frialdad escalofriante—.
—Déjala que hable. Su veneno es el mejor camuflaje que tenemos. Solo mantén a Valenzuela tranquilo en el estacionamiento; el lunes cerramos la transferencia final.
El sonido de pasos acercándose a la puerta del archivo me obligó a moverme.
Guardé el receptor en el compartimento secreto con un movimiento fluido de la mano, di media vuelta sin hacer el menor ruido y me deslicé con rapidez hacia el tocador de damas.
Entré al sanitario, empujé la puerta y me paré frente al espejo de marco dorado iluminado por focos blancos.
Abrí el grifo de agua fría.
El chorro cristalino golpeó la porcelana blanca con un murmullo relajante.
Apoyé ambas manos sobre el borde del lavabo y me miré fijamente a los ojos a través del cristal.
No había lágrimas en mis mejillas.
No había temblor en mis labios.
El dolor de la traición conyugal, ese puñal que me había desgarrado el pecho minutos atrás al ver la sonrisa de mi esposo durante el discurso de su madre, se había transformado en algo completamente distinto.
Se había cristalizado en una frialdad táctica absoluta.
Durante seis años le había entregado a ese hombre mi lealtad, mi silencio, tolerando las ofensas cotidianas de su madre, soportando la humillación de ser tratada como una sirvienta sin derecho a opinión en las cenas familiares.
Todo para proteger su carrera militar, para no hacerle sombra con mi rango federal real, creyendo ingenuamente que detrás de su machismo herido había un soldado honesto que simplemente no toleraba el éxito de su mujer.
Pero no era un soldado honorable.
Era un criminal mediocre.
Un oficial traidor que utilizaba mi discreción como un escudo protector para saquear los recursos de la nación junto a su amante y a una red de lavado internacional.
Y lo peor de todo: mi suegra, cegada por su orgullo tóxico y su desprecio visceral hacia mí, aplaudía la podredumbre moral de su hijo con tal de sentirse superior.
La puerta del baño de damas se abrió de golpe.
Jimena entró con paso seguro, balanceando su bolso de diseñador sobre el hombro.
Se detuvo en seco al verme allí, de pie frente al lavabo, con las manos apoyadas en el mármol.
Nuestras miradas se cruzaron a través del espejo.
En sus ojos brilló un destello fugaz de alarma, una milésima de segundo donde su compostura se resquebrajó al preguntarse si yo había escuchado algo en el pasillo.
Pero vio mi postura encorvada, vio el agua corriendo sin que yo hiciera nada, y su cerebro procesó de inmediato la versión que Mateo le había vendido durante meses: una mujer débil, vencida, llorando en silencio en el baño público.
La arrogancia volvió a inundar su rostro con una sonrisa de conmiseración cínica.
—Wow, Elena… Ich hätte nicht erwartet, dich hier anzutreffen— sagte Jimena, stellte sich vor den daneben stehenden Spiegel und holte einen goldenen Lippenstift aus ihrer Tasche.
—Ich dachte, du wärst schon nach Hause gegangen, um dich auszuruhen. Nach Doña Verónicas Worten hätte ich an deiner Stelle sofort ein Taxi gerufen.
Ich warf ihr einen verstohlenen Blick aus dem Augenwinkel durch die Spiegelung zu.
Ihr rechter Arm hob sich, um das Make-up auf ihre vollen Lippen aufzutragen.
Das Schlangenarmband glitt von ihrer blassen Haut und gab den Blick auf das in den Schwanz des Reptils eingravierte Zeichen frei: ein kleines alphanumerisches Siegel, das nur forensische Experten als die Signatur der Geldwäscher des Medellín-Kartells identifizieren konnten.
—Die Worte meiner Schwiegermutter sind mir nichts Neues, Jimena—, erwiderte ich mit neutraler, ruhiger Stimme, ohne eine einzige Gefühlsregung zu zeigen.
—Ich höre sie nun schon seit sechs Jahren sagen, ich sei wertlos. Man gewöhnt sich an diese Nebengeräusche.
Jimena stieß ein spöttisches Kichern aus, als sie den Lippenstift mit einem metallischen Klicken verstaute.
—Das ist dein Problem, Liebling—, sagte sie, stemmte eine Hand in die Hüfte und musterte mich mit kaum verhohlener Verachtung von oben bis unten.