—Ich bin auf dem Heimweg—sagte Mateo am anderen Ende der Leitung, seine Stimme durch das Autotelefon gedämpft, während seine Mutter neben ihm schnarchte—.
—Elena weiß etwas, Jimena. Ich weiß nicht, was zum Teufel sie gehört hat oder wer ihr was erzählt hat, aber sie hat Valenzuela namentlich erwähnt.
—Ich hab’s dir doch gesagt, Mateo, dass der Idiot nicht so blind ist, wie du behauptet hast—, Jimena zischte wütend.
—Wenn diese Frau dem Bataillonskommandeur etwas erzählt, werden Sie nicht nur degradiert; man wird auch die Panama-Konten einfrieren und Valenzuela wird kein Erbarmen mit uns haben.
—No va a abrir la boca con nadie —respondía Mateo con un tono sombrío, cargado de una maldad fría que jamás le había conocido en la intimidad matrimonial—.
—Elena no tiene a nadie. No tiene familia influyente, no tiene trabajo, no tiene dinero propio ni sabe cómo funciona un juzgado militar.
—Mañana en la mañana voy a sentarla en el comedor, le voy a hacer firmar el poder notarial sobre la casa que le prometí a mi madre y le voy a quitar el pasaporte para que no intente ninguna estupidez.
—Si se pone rebelde, la internamos en una clínica privada de descanso por depresión severa. Con la firma de mi madre como tutora médica y mi rango de mayor, ningún juez civil nos va a pedir explicaciones.
—Asegúrate de que no tenga acceso a los estados de cuenta de la caja fuerte de tu despacho, Mateo —advertía Jimena antes de cortar—.
—Si ve los talones de depósito de la constructora, se acabó todo.
La llamada terminó con un pitido agudo.
Me quité el audífono con una lentitud glacial.
Sentí una punzada ardiente detrás de los ojos, una mezcla tóxica de rabia y asco que amenazaba con quebrarme la garganta.
¿Una clínica privada de descanso?
¿Hacerme pasar por demente para despojarme de mis derechos y transferir la propiedad de mi propio techo a la mujer que me escupía en las cenas públicas?
Ese era el plan de contingencia del hombre con el que había compartido la cama durante seis años.
No había espacio para la piedad ni para la nostalgia.
La investigación que hasta ese momento era una operación institucional de seguridad nacional se acababa de convertir en una trinchera de supervivencia pura.
Escuché los pasos pesados de Mateo subiendo por la escalera de caracol.
Subía despacio, intentando no hacer crujir los escalones de madera barnizada.
Guardé el teléfono satelital en la funda del muslo, me puse una bata de seda negra y me senté frente al tocador, tomando un cepillo de cerdas naturales para peinarme el cabello frente al espejo ovalado.
La manija de la puerta giró con un sonido metálico.
Al encontrarla cerrada con seguro, Mateo golpeó la madera con dos toques secos de los nudillos.
—Elena, abre la puerta —dijo en un tono que pretendía sonar autoritario pero que dejaba traslucir una vibración temblorosa de inseguridad—.
Me levanté con movimientos deliberadamente lentos.
Giré la llave del seguro con un clic sonoro y abrí la puerta solo hasta la mitad.
Mateo ya se había despojado de la guerrera azul oscuro.
Estaba en mangas de camisa blanca, con el cuello desabotonado y la corbata militar colgando deshecha sobre su pecho.
El olor a alcohol se mezclaba ahora con el humo amargo de un cigarrillo que se había fumado a escondidas en el garaje.
—¿Por qué le pones seguro a la recámara? —me increpó empujando la puerta para entrar sin pedir permiso—.
—Esta es mi casa, Elena. Aquí no se cierran las puertas como si tuvieras secretos que esconder.
—Siempre cierro la puerta cuando me cambio de ropa, Mateo —respondí caminando de regreso al tocador con una tranquilidad imperturbable—.
—Du weißt ja, dass deine Mutter die Angewohnheit hat, zu jeder Tages- und Nachtzeit ohne anzuklopfen hereinzukommen.
Mateo blieb mitten im Raum stehen und blickte sich misstrauisch um.
Sie musterte das zerwühlte Bett, den schwarzen Sack auf der Bettdecke und den Schminkspiegel, vor dem ich gerade mit rhythmischen und gleichmäßigen Strichen meine Haare bürstete.
„Meine Mutter betritt das Schlafzimmer, weil sie die Herrin des Hauses ist“, platzte er heraus, verschränkte die Arme vor der Brust und nahm die befehlende Haltung ein, die er vor seinen Soldaten einnahm.
—Und du solltest ihm ab morgen besser mehr Respekt entgegenbringen. Du hast mich schon genug blamiert, indem du wie eine Verhungernde geschwiegen hast, als General Morales an den Tisch kam.
Ich setzte den Pinsel mit einem sanften, aber festen Klopfen auf die Glasplatte der Kommode.
Ich drehte mich auf der gepolsterten Bank um und starrte ihn an.
Das Mondlicht teilte sein Gesicht in zwei Hälften, sodass das eine Auge in völliger Dunkelheit lag, während das andere dem fahlen Schein der Nacht ausgesetzt war.
„Warum bist du so besorgt über das, was mit General Morales passiert ist, Mateo?“, fragte ich ihn mit glasklarer Stimme und artikulierte jede Silbe mit chirurgischer Präzision.
—Ein Offizier mit reinem Gewissen verbringt nicht drei Stunden damit, sich über die protokollarische Begrüßung eines Vorgesetzten den Kopf zu zerbrechen.
Mateo machte einen Schritt nach vorn und drang mit der Schwere seines Körpers in meinen persönlichen Bereich ein.
—Sprich nicht mit mir in diesem überheblichen Ton, Elena—drohte sie und senkte ihre Stimme zu einem zischenden Flüstern, während sie mit dem Zeigefinger auf mein Gesicht zeigte—.
—Du bist niemand. Eine Frau ohne Arbeit und ohne Mittel, die, wenn ich sie morgen auf die Straße setze, nirgendwo hingehen kann, um Almosen zu erbetteln.
—Und haben Sie irgendwohin zu reisen, Major Arismendi? — fragte ich zurück, ohne eine einzige Miene zu verziehen.
—Zur Wohnung in Cancún, die Sie im Namen von Valenzuelas Baufirma gekauft haben, vielleicht?
Die Stille, die sich über das Schlafzimmer legte, war so heftig, dass es schien, als würde sie den vier Wänden die Luft aussaugen.
Mateos Arm schwebte in der Luft.
Sein Zeigefinger begann sichtbar zu zittern, als das Blut vollständig aus seinen Wangen wich und seine Haut den blassen, schweißigen Ton eines kürzlich Verstorbenen annahm.