„Dieses Mädchen trägt den Nachnamen Morales… und in meinem Haus läuft die Familie Morales nicht herum und bemitleidet sich selbst wie Würmer, die über den Bürgersteig geschleift werden.“
Gabriel wandte sein Gesicht Lucia zu und fixierte sie mit einem Blick, der absolute Gewalt versprach.
“Ich gebe dir zehn Sekunden, um in den Lastwagen zu steigen, Lucia.”
„Entweder Sie steigen selbstständig mit dem Mädchen im Arm ein, oder der Kommandant legt Sie in Handschellen auf die Ladefläche des Lastwagens, weil Sie die eingesperrte Minderjährige im Stich gelassen haben.“
Kommandant Martinez nickte leicht und zog zwei Stahlringe von seinem Gürtel, die beim Zusammenprall ein trauriges Klingeln von sich gaben.
„Hör auf deinen Bruder, Blondie…“, unterbrach der Polizist mit einem scheinbar versöhnlichen Ton.
„Hier regeln wir die Dinge wie eine Familie… im Kommandozentrum haben wir einen Raum, in dem wir in Ruhe über Krankenwagen sprechen können.“
Mendoza blickte Lucia an.
Die junge Mutter war am Ende ihrer biologischen und emotionalen Kräfte.
Ihre Pupillen waren geweitet vor urtümlichstem Schrecken: der Angst vor der dominanten männlichen Figur, die sie seit ihrer Kindheit geschlagen hatte, unterstützt von der moralischen Autorität einer mitschuldigen Mutter und der bewaffneten Macht des korrupten Staates.
La cámara psicológica de aquel instante se cerraba sobre el rostro pálido de la mujer de veinticinco años.
Bajo la luz parpadeante del sótano, cada microexpresión de Lucía era una batalla titánica entre dos fuerzas opuestas:
El reflejo condicionado de bajar la cabeza, obedecer y aceptar la paliza para sobrevivir un día más…
O el instinto visceral de proteger el cuerpo inerte de su hija de seis años, cuya vida pendía de un hilo de plástico y un fuelle manual.
«Lucía…», susurró Mendoza, sin voltear a verla, manteniendo la mirada fija en el cañón oculto bajo la chamarra de Gabriel.
«Si cruzas esa puerta con ellos… tu hija no va a llegar viva al mediodía».
«No la van a llevar a ninguna comandancia».
«La van a subir a un camión de carga pesada en el taller del canal… y tú lo sabes mejor que nadie».
La mención del camión de carga cayó en medio del sótano como una bomba incendiaria.
Gabriel dio un paso violento al frente, levantando la mano derecha con el puño cerrado dispuesto a derribar al médico de un solo golpe.
«¡Cállate la boca, hijo de puta!», rugió el hombre de la gorra, perdiendo por completo la compostura calculadora.
Pero el golpe no llegó a aterrizar.
Desde atrás de la camilla, un grito desgarrador, inhumano, que parecía arrancado de las entrañas mismas de la tierra, quebró el retumbo del motor de diésel.
«¡NO!»
Lucía Morales dio un salto hacia adelante con una ferocidad que nadie en ese sótano hubiera creído posible en su cuerpo desnutrido.
Se interpuso entre el puño de Gabriel y la cara del médico, con los ojos desorbitados y la boca manchada de saliva espumosa por la histeria acumulada.
«¡No la vas a tocar!», gritó la mujer, clavando sus dedos con uñas comidas directamente en las solapas de cuero de la chamarra de su hermano.
«¡Ya no le vas a poner una sola gota de ese veneno en sus piernitas, maldito animal!»
Gabriel retrocedió medio paso por la sorpresa del embate, pero su sorpresa duró apenas una fracción de segundo.
Con un movimiento brutal del antebrazo, descargó un manotazo seco que impactó de lleno en la mejilla izquierda de Lucía.
El sonido del golpe resonó contra las columnas de concreto como el estallido de una tabla quebrada.
La mujer cayó de costado contra el piso mojado de la rampa, raspándose las palmas y el mentón contra la gravilla suelta.
«¡Cállate, perra!», rugió Gabriel, llevándose la mano a la pretina del pantalón para desenfundar la escuadra nueve milímetros.
«¡Gabriel, no!», gritó Rocío desde la camilla, cubriendo instintivamente la cabeza de Sofía con su propio torso.
Mendoza reaccionó con la velocidad que da la adrenalina del peligro inminente.
Tomó el tubo de acero del soporte de suero con ambas manos, lo arrancó de su montura con un giro violento y se colocó en guardia frente al hombre armado.
«¡Atrévete a sacar ese fierro aquí adentro, cobarde!», desafió el médico, con los músculos del cuello tensos como maromas de barco.
«¡Atrévete a dispararle a un médico frente a tu propia madre y a tu policía comprado!»
Kommandant Martinez erstarrte und riss panisch die Augen auf.
„Gabriel, beruhig dich!“, rief der Mann in Uniform und trat einen Schritt zurück zum Lastwagen. „Eine Schlägerei lässt sich mit einer Anzeige bei der Polizei regeln … aber eine Kugel im Bundeskrankenhaus bringt uns alle ins Militärgefängnis!“
Gabriel atmete schwer, seine Hand umklammerte den Holzgriff der Pistole, er schaffte es immer noch nicht, sie aus seiner Jeansjacke zu ziehen.
Ihre blutunterlaufenen Augen huschten zwischen dem Stahlrohr, das Mendoza in der Hand hielt, und der Gestalt ihrer Schwester hin und her, die zu seinen Füßen lag.
Am Boden liegend hob Lucia langsam den Kopf.
Ein dicker Rinnsal hellroten Blutes sickerte aus seiner aufgesprungenen Oberlippe und tropfte den Kragen seines blauen Gabardine-Overalls hinunter.
Doch in seinen Augen war keine Spur mehr von Furcht zu sehen.
Der Schrecken, der sie wochenlang gelähmt hatte, die ehrfürchtige Panik vor ihrem älteren Bruder und die Schuldgefühle, die ihr ihre fanatische Großmutter eingepflanzt hatte, waren durch den Aufprall dieses physischen Schlags zunichtegemacht worden.
Lucía stand langsam auf und stützte sich mit den Händen auf dem schmutzigen Boden ab, ohne den Blick von dem Gesicht ihres Angreifers abzuwenden.
„Du bist nicht mein Bruder…“, flüsterte sie mit so viel Verachtung in der Stimme, dass Gabriel unter seiner Lederjacke einen sichtbaren Schauer verspürte.
„Du bist ein Stück Dreck, das davon lebt, diejenigen auszubluten, die sich nicht selbst verteidigen können.“
„Und du…“, sagte die junge Frau und wandte sich der alten Frau mit dem Rosenkranz zu, wobei sie mit einem zitternden, staub- und blutbedeckten Finger auf sie zeigte.
„Du warst mir nie eine Mutter und Sofia nie eine Großmutter.“
„Du bist der alte Dämon, der diesem Schlächter meine Schlafzimmertür geöffnet hat, damit er meine Tochter abschlachten konnte.“