El vapor de agua empañó de inmediato el interior del tubo de plástico, confirmando que el aire estaba llegando directamente a los alvéolos pulmonares.

Mendoza colocó el estetoscopio a ambos lados del tórax infantil.

Murmullo vesicular bilateral presente.

En la pantalla del monitor, los complejos ventriculares ensanchados comenzaron a estrecharse lentamente, cediendo ante la combinación del oxígeno forzado y el antiarrítmico.

La frecuencia cardíaca descendió a ciento veinte… ciento diez… estable dentro de la gravedad crítica.

Mendoza dejó escapar un largo suspiro que le vació los pulmones de todo el aire viciado que había retenido durante los últimos dos minutos.

Apoyó ambas manos enguantadas sobre la barandilla metálica de la camilla, con la cabeza gacha, sintiendo las gotas de sudor frío resbalar por su nariz y gotear sobre el plástico de protección.

«Está estabilizada temporalmente…», susurró él, con la voz ronca por el esfuerzo y la tensión acumulada.

«Pero no va a salir adelante en este hospital general, Rocío».

La enfermera limpió una lágrima rebelde con el dorso del antebrazo enguantado.

«No tenemos camas libres en la Unidad de Terapia Intensiva Pediátrica, doctor… la última la ocupó ayer el niño del traumatismo craneal».

Mendoza levantó la mirada hacia el pasillo exterior.

A través de la cortina azul descolgada se podía ver a Lucía Morales desplomada en una silla metálica de espera, rodeada por dos oficiales de policía y la trabajadora social.

La joven madre no lloraba con escándalo ahora.

Mantenía la mirada perdida en el suelo, con los brazos cruzados apretándose el vientre, como si estuviera meciendo a un bebé fantasma en medio de la desolación del hospital público.

Y más allá de ella, en el extremo del pasillo de acceso principal, una figura masculina acababa de cruzar las puertas automáticas de cristal.

Era un hombre corpulento, de unos cincuenta años, vestido con chamarra de cuero desgastada y botas vaqueras cubiertas de polvo de terracería.

Llevaba una gorra de béisbol con el logotipo borroso de una marca de lubricantes automotrices.

No caminaba con la prisa desesperada de un familiar angustiado por una emergencia médica.

Avanzaba con un paso lento, pesado, seguro de su propio territorio, escudriñando cada rincón del hospital con ojos pequeños y desconfiados.

En su mano derecha sostenía un juego de llaves con un aro de alambre oxidado que hacía sonar rítmicamente contra el muslo de su pantalón de mezclilla.

Mendoza sintió que la sangre se le congelaba en las venas.

El hombre de la gorra se detuvo a escasos tres metros de donde estaba sentada Lucía.

La joven madre levantó la cabeza al escuchar el tintineo metálico inconfundible de las llaves.

Su rostro se transformó instantáneamente en una máscara de terror absoluto, un pánico tan visceral que sus labios se abrieron sin emitir un solo sonido audible.

El hombre no le dijo una sola palabra a la mujer.

Simplemente la miró fijamente desde la sombra que proyectaba la marquesina del pasillo, se llevó dos dedos a la visera de la gorra en un saludo burlón y cargado de amenaza implícita, y luego desvió su mirada calculadora hacia la cortina azul del cubículo de urgencias.

Hacia la cama donde yacía Sofía, intubada y al borde de la muerte.

Mendoza enderezó la espalda con lentitud, sintiendo una furia helada correrle por la columna vertebral.

El depredador no había huido hacia las brechas fronterizas.

Había venido al hospital a asegurarse de que el silencio de la familia siguiera intacto bajo llave.