—Mi madre acaba de convocar a una reunión familiar de emergencia para mañana a las diez de la mañana en la casa de San Jerónimo —continué, recordando los mensajes que acababan de entrar a mi teléfono mientras subía en el elevador—.
—Mateo cree que voy a ir a firmar un acuerdo para suplicarle a usted que les retire el castigo público. Paulina tiene preparado el documento de interdicción civil para obligarme a cederles el control de mis empresas bajo amenaza de internamiento.
Una sonrisa gélida y despiadada se dibujó en mis labios.
—Voy a ir a esa reunión, Don Guillermo.
—Es peligroso —advirtió el anciano con el ceño fruncido—. Esa gente está desesperada, y un animal acorralado siempre tira tarascadas a ciegas.
—No estaré desarmada —respondí con una tranquilidad absoluta—.
—Necesito que sus abogados retengan la denuncia hasta las doce del mediodía de mañana. Y necesito que me permita integrar sus auditorías al expediente digital que yo misma voy a proyectar en el comedor de esa casa.
Don Guillermo me contempló en silencio durante un minuto completo.
Luego, un destello de admiración genuina brilló en el fondo de sus ojos cansados.
Se puso de pie, caminó hacia su escritorio de caoba y tomó una pluma estilográfica de oro macizo.
—El contrato de blindaje cibernético para las filiales de Grupo Valles está listo sobre la mesa, ingeniera —dijo sin voltear la cabeza—.
—Cincuenta millones de dólares por tres años de servicio directo y exclusivo para mi corporativo. La mitad transferida a su cuenta de cheques en Ginebra en el momento en que estampe su firma.
Regresó hacia mí y colocó el documento contractual sobre la mesa de granito, junto a la pluma de oro.
—Firme esto primero —me indicó con solemnidad—. A partir de este segundo, usted no es solo Elena Garza, la ingeniera independiente que ellos creen que pueden intimidar.
Me miró fijamente a los ojos con un peso histórico que me erizó la piel.
—A partir de este instante, usted es la socia estratégica de Grupo Industrial Valles. Y quien intente tocarla a usted, tendrá que pasar por encima de todo el peso de este consorcio.
Tomé la pluma entre mis dedos.
El metal dorado estaba frío, pero transmitía una solidez inquebrantable.
Firmé al pie de las tres copias con mi trazo rápido, limpio y sin vacilaciones.
Al soltar la pluma, sentí que una puerta de acero se cerraba para siempre a mis espaldas.
La hija sumisa, la niña que bajaba la mirada cuando su madre criticaba su ropa, había muerto esa mañana en el piso de un club campestre ahogada en champaña helada.
Lo que saldría de esa torre corporativa era una fuerza que mi familia no tenía la capacidad de imaginar ni en sus peores pesadillas.
Me despedí de Don Guillermo con un breve apretón de manos y caminé de regreso hacia el elevador privado.
Durante el descenso por el cristal panorámico, las luces de la ciudad parecían arder bajo mis pies como un mar de ascuas encendidas.
Saqué mi teléfono del bolsillo.
El grupo familiar Dinastía Garza tenía cuarenta nuevos mensajes sin leer.
El último era de mi madre, enviado hacía siete minutos:
«Mañana a las 10:00 a.m. en punto en el comedor principal. Trae tu computadora y tus identificaciones oficiales. Si no te presentas, aténganse a las consecuencias legales que tu hermana y yo ya tenemos autorizadas. No vamos a permitir que destruyas el apellido de tu padre».
Leí el texto con una tranquilidad tan profunda que me asustó a mí misma.
Escribí una respuesta de una sola línea, la primera que enviaba al chat familiar en más de ocho meses:
«Ahí estaré, mamá. Tengan los papeles listos sobre la mesa».
Bloqueé la pantalla, guardé el teléfono y crucé las puertas del vestíbulo hacia la noche fría y húmeda.
La niebla bajaba lentamente por las faldas de la Sierra Madre, envolviendo la ciudad en un manto gris y silencioso.
Caminé hacia mi auto compacto con paso firme, sintiendo el peso de los documentos en mi mochila como una armadura invisible.
La trampa estaba tendida.
Pero esta vez, los cazadores no tenían la menor idea de que caminaban directamente hacia las fauces del león.