Su maquillaje estaba puesto con brocha gruesa, pero no lograba disimular la hinchazón violácea de los párpados inferiores ni el temblor espasmódico que le sacudía la comisura izquierda del labio superior.
A su derecha se encontraba Mateo.
Mi hermano mayor se había cambiado de camisa, pero su aspecto general era el de un náufrago al borde de la hipotermia.
Tenía las ojeras hundidas en la cuenca de los ojos, la piel ceniza y tres teléfonos inteligentes alineados milimétricamente sobre el mantel de lino crudo.
Cada cuarenta segundos, la pantalla de uno de los aparatos se encendía con alertas de llamadas o mensajes, pero él no se atrevía a tocarlos; solo los miraba de reojo con un pavor histérico.
Frente a Mateo estaba sentada Paulina, luciendo un blazer blanco estructurado con hombreras que le daban un aire marcial y postizo.
Mi hermana mantenía las piernas cruzadas con rigidez milimétrica, tamborileando las uñas acrílicas pintadas de rojo carmín sobre una carpeta de cuero marrón con el escudo repujado del Poder Judicial del Estado.
A su lado, recargado sobre la mesa con los codos abiertos en una postura de falsa autoridad corporativa, estaba su esposo: el notario Héctor Villarreal.
Un hombre de cuarenta años con entradas pronunciadas en el cabello engominado, traje azul marino brillante y las mejillas rojas por el exceso de alcohol de la noche anterior.
Y en el rincón más alejado, encorvado sobre una silla Luis XV como un adolescente castigado, permanecía Rodrigo.
El menor de la casa vestía una sudadera de marca francesa con el logotipo estampado en el pecho, masticando un chicle con la boca entreabierta mientras deslizaba compulsivamente el dedo por su teléfono.
Al verme entrar, los cinco pares de ojos convergieron sobre mi figura con la violencia de un rayo láser.
Nadie se levantó.
Nadie pronunció un saludo de cortesía elemental.
El único sonido en la habitación fue el zumbido monocorde del aire acondicionado central enfriando un ambiente que ya estaba a bajo cero.
Me quedé de pie junto al marco de la puerta, con la mochila colgando de mi hombro derecho con naturalidad.
—Diez y dos de la mañana —dijo mi madre, rompiendo el cristal del silencio con una voz que pretendía ser glacial pero que sonaba desgastada y reseca—.
—Ni siquiera para una reunión de vida o muerte eres capaz de llegar a tiempo, Elena. Siempre haciéndote la importante.
Caminé despacio sobre la duela encerada, midiendo cada zancada con una calma deliberada.
El sonido de mis suelas sobre la madera era el único pulso rítmico en medio de la asfixia general.
Llegué al extremo opuesto de la mesa, exactamente frente a la cabecera de doña Patricia, donde habían colocado una sola silla solitaria sin mantel ni servicio de vajilla.
Un lugar reservado para el acusado en el banquillo.
No me senté.
Apoyé ambas manos sobre el respaldo de madera tallada de la silla y recorrí a cada uno de ellos con la mirada, deteniéndome dos segundos exactos en cada rostro.
Mateo no pudo sostenerme la vista; bajó los ojos hacia sus teléfonos mudos con la cobardía que lo caracterizaba.
Paulina levantó la barbilla en un intento ridículo de proyectar superioridad, apretando los labios con una hostilidad venenosa.
Héctor tosió discretamente en el puño cerrado de su camisa, mientras Rodrigo fingía una fascinación repentina por las molduras doradas del techo.
—Aquí estoy, mamá —dije con un tono bajo, limpio de sarcasmo y limpio de temor—. Dijiste que tuviera los papeles listos. ¿De qué papeles estamos hablando?
Doña Patricia deslizó una copa de agua con hielo sobre la madera con un movimiento seco, derramando un par de gotas sobre el barniz brillante.
—De los papeles que van a salvar a esta familia de la catástrofe que tú provocaste con tu rencor —escupió la matriarca, clavando sus ojos inyectados en sangre en los míos—.
—Llevamos dieciséis horas viviendo un infierno por culpa de tu capricho. El nombre de tu padre arrastrado en la prensa digital, los amigos de toda la vida llamándome para hacerme preguntas morbosas, y las empresas de tus hermanos paralizadas.
Inclinó el torso hacia adelante, haciendo sonar las tres vueltas de perlas contra el botón de su blazer.
—No voy a permitir que destruyas cincuenta años de honor familiar por un vaso de mimosa que tú misma te buscaste por respondona.
Sentí una punzada de asco tan profundo en el centro del estómago que tuve que respirar hondo para no sonreír de pura incredulidad.
Honor familiar.
Cincuenta años de fingir donaciones a conventos mientras los cheques rebotaban en las ventanillas de los bancos.
—Déjate de discursos teatrales, mamá —le respondí apoyando los nudillos sobre el respaldo de la silla—.
—Don Guillermo Valles subió ese video porque vio lo que son. Y lo que son no tiene nada que ver con el honor ni con mi padre.
—¡A mí no me hables con ese tono en mi comedor! —estalló Mateo, golpeando la mesa con la palma abierta hasta hacer temblar las copas de cristal cortado—.
Mi hermano se puso de pie a medias, con el rostro enrojecido por la furia acumulada y la camisa abriéndose a la altura del vientre hinchado.
—¡Por tu culpa me acaban de rescindir la comercialización de la Torre Valle Poniente! —me gritó con la saliva salpicándole las comisuras de los labios—.
—¡El banco me dio cuarenta y ocho horas para liquidar el crédito puente o inician el remate de mis oficinas! ¿Entiendes lo que es eso, maldita idiota? ¡Nos vamos a la quiebra!
Lo miré fijamente, sin parpadear una sola vez.
—¿Te vas a la quiebra tú, Mateo? —le pregunté con una suavidad mortífera—. ¿O te vas a la cárcel por los sesenta millones de pesos que te robaste de los clientes en preventas inexistentes?
La palabra cárcel cayó sobre el comedor como una granada de fragmentación.
El silencio que siguió fue absoluto, letal y paralizante.
El color abandonó el rostro de Mateo a tal velocidad que su piel adoptó el tono grisáceo de un cadáver embalsamado.