Al fondo del pasillo, tras dos monumentales puertas dobles de roble macizo que permanecían abiertas de par en par, se encontraba la oficina de Don Guillermo Valles.
Un hombre alto, de espaldas anchas a pesar de sus setenta y cuatro años, permanecía de pie frente a un ventanal de piso a techo, con las manos entrelazadas en la espalda baja.
Llevaba un traje sastre gris oxford de corte inglés, sin corbata, con el cuello de la camisa blanca desabotonado con una elegancia austera y natural.
Su cabello completamente blanco estaba recortado al milímetro, enmarcando un perfil huesudo y unos ojos claros que escrutaban la ciudad como un general contempla su campamento.
Al escuchar el leve roce de mis suelas sobre el piso de madera exterior, Don Guillermo se giró con una lentitud calculada.
No había en su rostro ni un gramo de la lástima condescendiente que solía recibir de mis tías en los velorios familiares.
Había la mirada analítica, fría y profundamente respetuosa de un estratega que reconoce a una igual en el campo de batalla.
—Ingeniera Garza —dijo con una voz profunda, ligeramente rasposa por el tabaco añejo, mientras daba tres pasos hacia el centro del salón—.
—Puntualidad suiza. Siempre he pensado que quien respeta el tiempo ajeno es incapaz de entregar un código defectuoso.
Extendió su mano derecha hacia mí.
Una mano firme, curtida por décadas de firmar acuerdos siderúrgicos y negociar con mandatarios extranjeros.
Le estreché la mano con la misma fuerza, sosteniéndole la mirada clara sin pestañear.
—Don Guillermo. Gracias por recibirme a esta hora —contesté con naturalidad.
El anciano sonrió de lado, revelando unas arrugas pronunciadas alrededor de los ojos que le daban un aire de cazador veterano.
—Por favor, tome asiento donde le resulte más cómodo —dijo, señalando con un ademán sobrio dos sillones de cuero negro ubicados frente a una mesa baja de granito pulido—.
—Y permítame ofrecerle una taza de café negro sin azúcar. Si mi memoria no me falla desde su ponencia en Zúrich en 2024, esa es su única adicción confesable.
Me senté en el sillón de la izquierda, sintiendo el aroma denso y reconfortante del café que descansaba en una jarra de plata sobre la mesa.
—Tiene buena memoria para los detalles irrelevantes, Don Guillermo —comenté mientras él se servía una taza pequeña de porcelana blanca.
—En los negocios de verdad no existen detalles irrelevantes, muchacha —respondió, sentándose frente a mí con una agilidad sorprendente para su edad—.
Dejó la taza sobre el plato de porcelana con un leve tintineo y clavó sus ojos en los míos.
—Mucho menos cuando se trata de la persona que impidió que un grupo de hackers rusos desvalijara la reserva financiera del Banco Central de Brasil hace tres años.
Hice una pequeña pausa, asimilando el dato.
Ese incidente había sido clasificado con nivel de seguridad máxima por el gobierno federal de aquel país; mi participación solo figuraba en un informe sellado con firmas criptográficas de la Interpol.
Don Guillermo bebió un sorbo de café, saboreando el silencio que se formó entre nosotros.
—No se sorprenda, Elena —continuó él, tuteándome por primera vez con una calidez paternal que me tomó por sorpresa—.
—Llevo cincuenta años en este país haciendo carreteras, puentes y fundiciones. Sé perfectamente quién construye los cimientos y sé quién solo se encarga de pintar las paredes para cobrar comisiones infladas.
Dejó la taza en la mesa y apoyó los antebrazos sobre las rodillas, inclinándose hacia adelante.
—Esta mañana no publiqué ese video para ganar seguidores en una red social de muchachos ociosos.
—Lo sé —le respondí mirándolo fijamente—. Fue una declaración de guerra comercial contra el despacho de mi hermano y una jugada para obligarme a sentarme aquí esta noche.
Una carcajada seca, breve y genuina escapó de la garganta del magnate.
—Brillante —dijo asintiendo despacio—. Directa a la yugular, tal como me advirtieron mis asesores de riesgo en Londres.
Su semblante volvió a endurecerse, recuperando esa gravedad monolítica que hacía temblar a los secretarios de Estado en las reuniones de presupuesto.
—Su hermano Mateo es un estafador mediocre, Elena. Mis auditores internos llevaban tres semanas revisando los números del fideicomiso de Valle Poniente.
Don Guillermo estiró el brazo y tomó una carpeta rígida de piel marrón que reposaba sobre la orilla de la mesa de granito.
La deslizó hacia mi lado con un movimiento fluido.
—Iba a rescindirle el contrato de todas formas este viernes próximo —dijo con voz sombría—. Estaba esperando que mis abogados completaran el expediente penal para no dejarle un solo resquicio legal por donde escurrirse.
El anciano señaló la carpeta con la barbilla.
—Pero ver a su madre tirarle alcohol encima mientras ese mequetrefe sacaba su teléfono para burlarse de usted… me revolvió las entrañas.
Hizo una pausa y sus pupilas parecieron oscurecerse por una furia muy antigua.
—Yo vengo de abajo, Elena. Mi madre lavaba ropa ajena en un callejón de Saltillo para que yo pudiera comprar mis primeros libros de ingeniería civil.
Apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de sus mejillas se tensaron como cuerdas de violín.
—He visto a muchos miserables enriquecerse de la noche a la mañana, pero nada me causa más desprecio que un patán avergonzándose de sus propios orígenes y humillando a quien lo supera en talento e integridad.
Abrí la carpeta de piel despacio.
En la primera página descansaba un dictamen pericial financiero con sellos de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores.
Las cifras coincidían exactamente con los números que yo había extraído minutos antes desde el asiento de mi auto.
Pero había algo más.
Un apartado especial titulado: Vínculos Notariales y Tráfico de Influencias.
El nombre del esposo de Paulina, el notario Héctor Villarreal, aparecía vinculado a cuatro investigaciones federales por lavado de dinero y constitución de empresas fantasma para desviar recursos públicos del estado.
—Su familia está podrida hasta la médula, ingeniera —dijo Don Guillermo con una frialdad quirúrgica—.