Abrió la boca para responder, pero solo logró emitir un silbido seco y ahogado por la garganta cerrada.
Se dejó caer sobre su asiento de piel como si las rodillas se le hubieran deshecho en agua.
A su lado, el notario Héctor Villarreal palideció de golpe y enderezó la espalda con un sobresalto evidente.
La mano derecha de Héctor, que sostenía una pluma estilográfica plateada, comenzó a temblar con un espasmo incontrolable que intentó ocultar debajo del borde de la mesa.
Paulina reaccionó con la velocidad de un reptil acorralado.
—¡Qué barbaridades estás inventando, Elena! —chilló mi hermana, perdiendo de golpe toda la compostura refinada que ensayaba en sus eventos de caridad—.
—¡Mateo es un empresario intachable! ¡Lo que pasa es que eres una envidiosa que no soporta ver a sus hermanos triunfar en sociedad porque tú nunca pudiste encajar en ningún círculo decente!
Se inclinó sobre la mesa, estiró el brazo y tomó la carpeta de cuero marrón con el escudo del Poder Judicial.
La azotó contra el centro del mantel con un chasquido violento que resonó en todo el salón.
—Ya nos cansamos de tus desplantes, hermanita —siseó Paulina con una sonrisa torcida, cargada de una malevolencia pura que le deformaba los rasgos finos de la cara—.
—Llevas años mostrando signos evidentes de desequilibrio mental y paranoia persecutoria contra tu propia sangre. Y la ley protege a las familias honorables de los desquiciados que intentan destruirlas desde adentro.
Miré la carpeta sobre la mesa sin mover un solo músculo.
—Explícate, Paulina —dije con calma glacial—. Enséñame la obra de arte que tu marido redactó anoche mientras bebían para ahogar el pánico.
El notario carraspeó con fuerza, pasándose un pañuelo de tela blanca por la frente perlada de sudor frío.
—Elena… esto no es una agresión, tienes que entenderlo de manera jurídica —comenzó Héctor con ese tono paternalista y viscoso que utilizaba para convencer a viudas de firmar cesiones de derechos—.
—Dadas las circunstancias del video de ayer, tus publicaciones implícitas y las conductas atípicas y erráticas que has mostrado en los últimos diez años, la familia ha decidido solicitar formalmente tu interdicción judicial.
Abrió la carpeta con dedos torpes y desordenó dos juegos de hojas membretadas con sellos de juzgados civiles.
—Doña Patricia y Mateo asumirán la tutela legal de tu persona y la administración fiduciaria de tus activos corporativos —prosiguió Héctor, evitando mirar mis pupilas y concentrándose en el borde de mi camisa—.
—Esto te protegerá a ti misma de tus impulsos autodestructivos y nos permitirá negociar institucionalmente con Grupo Industrial Valles para reparar el daño moral causado a la familia.
Un silencio espeso volvió a inundar el comedor.
Doña Patricia observaba la escena con una frialdad majestuosa, recargando la barbilla sobre los dedos entrelazados como una emperatriz presenciando una ejecución militar.
—Es por tu bien, Elena —dijo mi madre con una dulzura venenosa que congelaba las entrañas—.
—Siempre supimos que no estabas bien de la cabeza. Desde que eras niña y te encerrabas días enteros a oscuras sin hablarle a nadie.
Sus ojos brillaron con un triunfo anticipado, con esa seguridad ciega de quien cree tener el control absoluto del universo ajeno.
—Vas a irte a descansar a una clínica privada en Saltillo, con doctores de primer nivel que te van a atender como te mereces. Y tus hermanos se encargarán de manejar tus empresas de tecnología para que tú no tengas ninguna preocupación en la cabeza.
La clínica en Saltillo.
El internamiento forzoso.
El saqueo legalizado bajo el amparo de jueces comprados con favores notariales en las sobremesas del club.
Ese era el gran plan maestro de la dinastía intachable para salvarse de la bancarrota que ellos mismos habían cavado con sus manos enjoyadas.
Descolgué despacio la mochila de mi hombro derecho.
El sonido del cierre deslizándose lentamente sobre la lona reforzada pareció durar una eternidad en medio del silencio del salón.
Metí la mano, extraje la computadora de fibra de carbono mate y la coloqué en el centro de la mesa de caoba, apartando con un empujón suave la carpeta judicial de Paulina.
—¿Qué haces? —preguntó Paulina con el ceño fruncido, retrocediendo un centímetro sobre su asiento—.
—Te dije que trajeras tus identificaciones para firmar el allanamiento voluntario ante el actuario que viene en camino, no para ponerte a jugar con tus aparatos.
No le contesté.
Levanté la pantalla de la laptop y presioné el botón de encendido.
El brillo azulado del sistema iluminó las copas vacías y las facciones tensas de los comensales.
Conecté el adaptador inalámbrico de alta frecuencia y sincronicé la señal de video con la enorme pantalla de televisión de ochenta y cinco pulgadas empotrada en el muro de fondo del comedor, la misma que Mateo utilizaba los domingos para ver los partidos de fútbol americano de la NFL.
La pantalla de la pared emitió un parpadeo negro y se encendió de golpe, mostrando el escritorio cifrado de mi sistema operativo en resolución ultra alta.
Mateo frunció los párpados, mirando la pantalla con una mezcla de curiosidad involuntaria y aprensión instintiva.
—¿Qué payasada es esta, Elena? —soltó mi hermano con la voz quebrada por el cansancio—.
—Héctor te acaba de explicar que si no firmas el acuerdo voluntario hoy a las diez y media, el actuario va a entrar con una orden de presentación forzosa. ¡Te van a sacar de aquí con la policía!
Tecleé un comando rápido en la consola: display_evidence –target=ALL.
—El actuario no viene en camino, Mateo —dije con una voz tan serena que contrastaba de manera brutal con la violencia contenida en la habitación—.
—Y la policía sí viene, pero no a buscarme a mí.
La pantalla gigante del muro cambió de imagen.
Apareció un organigrama financiero interactivo con los logotipos de la Unidad de Inteligencia Financiera y de la Fiscalía General de la República ocupando la parte superior.
En el nodo central brillaba en letras rojas intermitentes el nombre de la empresa fachada: Inmobiliaria y Desarrollos Sierra Madre S.A. de C.V.