—Si yo hubiera querido destruirte a ti o a tu despacho mediocre, lo habría hecho hace cinco años con un solo clic desde mi computadora portátil.
Mateo se quedó petrificado, con la boca entreabierta y el pecho subiendo y bajando en un ritmo errático.
—Tú cavaste tu propia tumba hoy al mediodía cuando me aventaste esa cuenta de noventa y ocho mil pesos y sacaste tu teléfono para reírte de mí —continué, midiendo cada palabra con la precisión de un bisturí—.
—Ustedes se creían intocables porque llevaban toda la vida humillando a meseros, a choferes y a familiares que no tenían cómo defenderse. Pero hoy se toparon con pared.
Mi hermano miró hacia el suelo, derrotado, despojado de esa arrogancia postiza que le duró hasta que el dinero grande le dio la espalda.
—Elena… por favor —murmuró, y escuchar la palabra «por favor» en los labios de Mateo fue la experiencia más grotesca de mis treinta años de vida—.
Juntó las manos a la altura del pecho, como si estuviera rezando ante un altar pagano.
—El suegro de Paulina me va a rescindir el contrato del despacho mañana a las ocho de la mañana. Me quedo sin oficina, sin cartera de clientes, con una deuda de tres millones de pesos en el banco por la camioneta y la casa de la Herradura.
Se le cortó la voz por el llanto contenido.
—Habla con Don Guillermo. Por lo que más quieras en la vida, pídele que borre ese video de su cuenta. Dile que fue una confusión, que somos una familia unida, que ya nos pediste perdón y que todo está arreglado.
El cinismo no tenía límites en esa sangre.
Aún en el fondo del abismo, aún rogando piedad a la hermana que acababa de despreciar, Mateo seguía esperando que yo cargara con la culpa: «Dile que ya nos pediste perdón».
En su mente podrida por la vanidad familiar, la víctima siempre debía arrodillarse para que el agresor no perdiera su estatus social.
Miré el reloj digital en mi muñeca izquierda.
Eran exactamente las ocho y media de la noche.
En treinta minutos tenía mi cita privada con Don Guillermo Valles en el piso cuarenta de la torre corporativa más alta de la ciudad.
Miré a Mateo una última vez, recorriendo de arriba abajo su figura descompuesta: la camisa empapada en sudor, los ojos hinchados por el alcohol y el terror financiero, las manos temblorosas que ya no sabían a qué clavo ardiendo aferrarse.
—Dile a mamá que se tome su pastilla para la presión —le dije con un desapego absoluto que le cayó como una lápida sobre los hombros—.
—Y dile a Paulina que vaya vendiendo sus joyas caras, porque el suegro notario no va a tener con qué pagarle los viajes a Dubái después de que este escándalo reviente en las columnas financieras de mañana por la mañana.
Me di la vuelta y caminé con paso firme hacia la puerta de salida que daba al estacionamiento privado de los residentes.
—¡Elena! —aulló Mateo a mis espaldas, con un grito desgarrador que rebotó en los cristales del vestíbulo—.
—¡¿Adónde vas?! ¡¿A quién vas a ver a esta hora?!
No me detuve ni giré la cabeza para mirarlo.
Empujé la puerta de cristal y salí a la noche fresca y limpia de la montaña, dejando atrás los gritos histéricos de mi hermano mientras don Anselmo le cerraba el paso con una frialdad impecable.
Caminé hacia mi auto compacto de ocho años, saqué la llave del bolsillo y desactivé la alarma con un doble chasquido metálico.
Me subí al asiento del conductor, cerré la puerta y aspiré el aroma familiar a café molido y a tapicería limpia.
La pantalla de mi consola central se encendió automáticamente, sincronizándose con mi teléfono celular.
Una nueva notificación de WhatsApp apareció en la pantalla táctil.
Pero esta vez no era del grupo familiar.
Era un mensaje privado enviado desde un número prepagado desconocido, compuesto con una caligrafía digital torpe y llena de espacios innecesarios.
El texto decía:
«Elenita, mi niña valiente. Tu madre y tus hermanos se fueron de la casa gritando como locos después de que vieron ese video. Mateo dijo que iba a buscarte para obligarte a firmar un papel. No les abras la puerta, hija mía. Escuché a tu hermana Paulina hablar por teléfono con un abogado en la terraza: están buscando la manera de declarar que tú no estás bien de tus facultades mentales para quedarse con la empresa de computadoras que fundaste. Cuídate mucho, mi cielo. Tu abuela Carmen te bendice desde aquí».
Apreté el volante de cuero gastado con los nudillos blancos hasta que las venas de las manos se me marcaron bajo la piel.
Sentí una llamarada de fuego puro quemándome el centro del pecho.
Así que eso era lo que tramaban mientras se desangraban en el fango de su propio descrédito.
Declararme incompetente mental.
Arrebatarme el fruto de diez años de trabajo silencioso para tapar los agujeros fiscales y las deudas millonarias que sus vidas de lujos artificiales habían acumulado a lo largo de las décadas.
Encendí el motor del auto.
El motor japonés rugió con una suavidad perfecta, respondiendo de inmediato al contacto de la ignición.
Acomodé el espejo retrovisor interior.
En el reflejo de mis propios ojos oscuros no había ni una pizca de miedo.
Solo una determinación helada, quirúrgica y letal.
Ellos creían que la tormenta que desató Don Guillermo Valles en las redes sociales era el peor castigo que podían recibir por su soberbia.
No tenían la menor idea de lo que estaba a punto de comenzar.
Puse reversa, salí del cajón de estacionamiento y encaré la rampa hacia la avenida iluminada por las farolas de la ciudad.
El juego apenas estaba comenzando, y por primera vez en treinta años, las cartas estaban completamente en mis manos.