Debajo del título, una cascada de números de cuenta, transferencias interbancarias trianguladas y depósitos en paraísos fiscales de las Bahamas se desplegó en cuatro columnas perfectamente legibles.
Héctor Villarreal se puso de pie de golpe, empujando la silla hacia atrás con tanta fuerza que una de las patas traseras rayó profundamente la madera del piso.
—¡¿De dónde sacaste eso?! —rugió el notario con los ojos desorbitados, llevándose las manos a la cabeza con un terror puro y visceral—.
—¡Eso es información confidencial bancaria! ¡Es ilegal! ¡Estás cometiendo un delito federal de intervención de datos protegidos!
—Lo que es un delito federal, cuñadito —le respondí mirándolo fijamente a los ojos sin pestañear—, es utilizar los sellos de la Notaría Pública Número 44 para certificar actas de asamblea falsas y desviar cuarenta y ocho millones de pesos del fondo de pensiones del magisterio hacia las cuentas personales de Mateo y Paulina.
Paulina se quedó petrificada en su asiento, con la boca abierta y las manos crispadas sobre la mesa como dos garras inútiles.
Miró a su marido buscando una negación desesperada, una mentira piadosa que la devolviera a su zona de confort.
—Héctor… —susurró mi hermana con un chillido agudo que sonó como el lamento de un animal herido—.
—Dime que es mentira. Dime que esa maldita loca está inventando capturas de pantalla para asustarnos… ¡Dime algo, carajo!
Héctor no respondió.
Tenía la mirada fija en la pantalla gigante de la pared, donde acababa de proyectarse una copia digitalizada de su firma electrónica avanzada autorizando la última transferencia sospechosa de dos millones y medio de pesos fechada el viernes anterior.
El notario comenzó a hiperventilar ruidosamente, aflojándose el nudo de la corbata con dedos espasmódicos que no lograban coordinar el movimiento.
Doña Patricia observaba la pantalla sin comprender del todo la jerga técnica ni los números bancarios, pero el terror impreso en los rostros de su hija y de su yerno favorito le bastó para encender las alarmas de su soberbia.
La matriarca se levantó con una lentitud amenazante, apoyando ambas palmas sobre el mantel de seda cruda.
—¡Basta de este teatro, Elena! —gritó con una voz que vibró en los cristales de la habitación, intentando recuperar el dominio absoluto sobre su territorio—.
—¡No me importan tus dibujitos en la televisión ni las tonterías que inventes con tus máquinas! ¡En esta casa mando yo! ¡Tú no eres nadie para venir a cuestionar los negocios de tus hermanos en la mesa que tu padre pagó con su sangre!
Di la vuelta despacio a la mesa, caminando a lo largo del costado donde estaban sentados mis hermanos.
Al pasar junto a Rodrigo, el muchacho de veintidós años encogió las piernas bajo la silla y escondió su teléfono detrás de la espalda, temblando visiblemente ante la atmósfera aplastante.
Me detuve a dos pasos de mi madre, colocándome en su mismo plano visual.
Estábamos tan cerca que podía oler el polvo de arroz de su maquillaje barato y el aliento amargo a bilis que emanaba de su garganta desgastada.
—¿La mesa que mi padre pagó con su sangre, mamá? —le pregunté con un susurro que cortó el aire como un bisturí quirúrgico—.
—¿Estás completamente segura de que quieres que hablemos de lo que mi padre pagó antes de morir en Houston?
Doña Patricia retrocedió medio milímetro, y por primera vez en treinta años vi una chispa de incertidumbre real apagando el brillo despótico de sus ojos celestes.
—Tu padre te dejó fuera del testamento porque eras una vergüenza para el apellido —siseó mi madre entre dientes apretados, aunque el tono ya no tenía la fuerza atronadora de minutos antes—.
—¡No me dejaste un centavo porque él así lo quiso! ¡Nosotros tuvimos la caridad de mantenerte en la escuela hasta que pudiste mantenerte sola con tus porquerías!
Sonreí.
Fue una sonrisa mínima, casi imperceptible, pero cargada de una compasión tan gélida que a doña Patricia se le heló la sangre en las venas.
—Curioso que menciones la caridad, mamá —dije sin apartar la mirada de sus pupilas dilatadas—.
—Porque esta mañana a las siete en punto, peritos caligráficos del Instituto de Ciencias Forenses terminaron de cotejar las firmas del convenio de renuncia de derechos hereditarios que supuestamente firmamos mi abuela Carmen y yo hace once años en la Notaría 44.
El silencio que cayó sobre la habitación en ese segundo no fue de este mundo.
Fue el silencio que precede a la caída de una civilización entera.
Mateo dejó escapar un sollozo ahogado y se cubrió la cara con ambas manos, apoyando la frente contra la madera de la mesa.
Paulina miró a su madre con los ojos desorbitados por una angustia incontrolable, sintiendo que el suelo bajo sus pies de terciopelo se abría en un pozo sin fondo.
Héctor Villarreal se dejó caer pesadamente contra el respaldo de su silla, con los brazos colgando inertes a los costados del cuerpo como un muñeco de trapo descabezado.
Doña Patricia abrió la boca para proferir una maldición, pero el sonido se le quedó atorado en la glotis como una espina envenenada.
—La falsificación es tan burda, mamá —continué, bajando aún más la voz para obligarlos a escuchar cada respiración—, que ni siquiera se tomaron la molestia de revisar si yo estaba en la ciudad el día que supuestamente estampé mi firma ante el notario.
Hice una pausa de tres segundos, dejando que el peso del abismo se asentara en sus conciencias descompuestas.
—Yo estaba intubada en el área de terapia intensiva del Hospital Universitario con una neumonía que casi me mata. Mis expedientes médicos de ingreso y egreso están certificados por el director general de la facultad de medicina.
Doña Patricia temblaba de pies a cabeza con un espasmo incontrolable.
Las tres vueltas de perlas de su cuello chocaban entre sí con un tintineo débil y constante, marcando el pulso acelerado de su corazón aterrorizado.
—Tú no te atreverías… —murmuró la mujer con un hilo de voz que apenas logró salir de sus labios agrietados por el pánico—.