El teléfono vibró de nuevo en mi mano.
Un mensaje de texto convencional, no de WhatsApp.
Provenía de un número telefónico que no tenía registrado en la agenda pero cuya terminación conocía a la perfección: el número privado del consorcio industrial Valles.
Abrí el mensaje con el corazón latiendo a un ritmo pausado y constante.
«Ingeniera Garza. Lamento profundamente haber tenido que recurrir a la plaza pública para hacerle justicia frente a semejante espectáculo de bajeza. Mi equipo legal y yo estamos en camino a la torre corporativa. Me gustaría ofrecerle una disculpa en persona y discutir los términos del nuevo contrato de blindaje cibernético para nuestras filiales automotrices. Si le parece prudente, un chofer de mi entera confianza puede pasar por usted a las nueve de la noche. Atentamente, Guillermo Valles».
Releí el texto dos veces, prestando atención a cada palabra.
Don Guillermo no había actuado por impulso ni por un berrinche senil de red social.
Era una jugada maestra de ajedrez corporativo.
Llevaba seis meses intentando contratar los servicios de mi firma de seguridad para blindar las transferencias interbancarias de su grupo acerero contra el espionaje industrial europeo.
Yo me había negado en dos ocasiones anteriores porque su empresa era demasiado grande y yo prefería enfocar mis recursos en negocios medianos y proyectos de impacto social.
Almorzar en la mesa contigua en el Club Campestre no había sido una casualidad del destino.
Don Guillermo conocía mi rostro.
Había visto mis conferencias en Zúrich y en Silicon Valley antes de que yo decidiera regresar a vivir discretamente en México.
Y ver cómo una familia de arribistas de provincia trataba a la mujer que él consideraba una de las mentes tecnológicas más brillantes del continente le había dado la excusa perfecta para reventar una sociedad comercial que ya le resultaba incómoda —la de Mateo— y forzar una reunión de negocios conmigo en sus propios términos.
Un juego de poder de alto calibre donde mi familia no era más que un peón insignificante que acababa de ser barrido del tablero de una sola bofetada.
Respondí con la misma sobriedad profesional que me caracterizaba:
«Don Guillermo. No era necesario el despliegue mediático, pero agradezco el gesto contra la mezquindad. Acepto el café en su corporativo a las nueve. No envíe chofer; manejo mi propio auto. Nos vemos en la torre sur».
Envié el mensaje y bloqueé la pantalla.
Pero la calma duró apenas unos segundos.
El sonido estridente del interfón del edificio comenzó a zumbar desde la pared del recibidor.
Un timbre largo, continuo, agresivo.
El guardia de seguridad de la recepción de mi edificio privado jamás timbraba con esa insistencia a menos que hubiera una emergencia o alguien estuviera forzando la entrada.
Caminé hacia el monitor digital empotrado junto a la puerta principal y encendí la cámara de circuito cerrado de la planta baja.
En la pantalla de siete pulgadas apareció el rostro desencajado de mi hermano Mateo.
Estaba parado frente al mostrador de mármol del lobby, gritándole al guardia de seguridad con las venas de la frente a punto de estallar.
Llevaba la camisa de lino arrugada y empapada de sudor en las axilas, el cuello desabotonado y la corbata colgando de la mano como una cuerda inútil.
A través del audio del interfón se escuchaban sus alaridos amortiguados por el cristal blindado de la recepción.
—¡Le digo que soy su hermano, imbécil! ¡Déjeme subir o me voy a encargar de que el dueño de esta administración lo despida mañana mismo a primera hora!
El oficial de seguridad, un hombre mayor y corpulento con uniforme azul marino, mantenía los brazos cruzados detrás de la espalda, sin inmutarse ante los aspavientos del hombre que se creía dueño del mundo.
El guardia se inclinó hacia el micrófono del interfón y su voz tranquila llenó mi departamento.
—Señorita Elena, buenas noches. Disculpe la molestia a esta hora. Tengo aquí en la entrada al señor Mateo Garza. Insiste en que necesita verla con urgencia de vida o muerte. Dice que es su hermano, pero como no está en su lista de visitas autorizadas, no le he permitido el acceso a los elevadores. ¿Desea que lo haga pasar o llamo a una patrulla para que lo retire de la propiedad?
Apreté el botón de respuesta del interfón.
—Gracias, don Anselmo. Manténgalo ahí abajo un momento. Voy a bajar a hablar con él.
—Entendido, señorita. Aquí lo tengo custodiado.
Solté el botón y me quedé mirando la pantalla de la cámara.
Mateo se pasaba las dos manos por el cabello engominado, desordenándolo por completo en un gesto de pura desesperación animal.
Caminaba de un lado a otro como un león enjaulado en el vestíbulo de doble altura, mirando hacia los elevadores como si quisiera derribar las puertas de acero inoxidable con la mirada.
Ese era el hombre que tres horas antes se reía a carcajadas mientras su madre me empapaba de alcohol.
Ese era el exitoso empresario que se pavoneaba con las comisiones de los desarrollos inmobiliarios construidos sobre tierras que su suegro le permitía comercializar por pura lástima hacia su hija.
Fui a mi recámara, me quité la toalla del cabello y me até la melena castaña en una coleta baja y tirante.
Me puse unos botines negros de piso, una chaqueta de cuero sencilla sobre la sudadera y guardé las llaves del departamento en el bolsillo.
Ningún accesorio de lujo.
Ningún perfume costoso.
Solo la frialdad implacable de quien no tiene absolutamente nada que esconder ni nada que temer.
Salí al pasillo y tomé el elevador hacia el sótano.
Las puertas del ascensor se abrieron silenciosamente en el vestíbulo principal.
El sonido de mis pasos sobre el porcelanato brillante hizo que Mateo girara la cabeza de golpe.
Al verme cruzar la puerta de cristal interior, sus ojos se abrieron desmesuradamente, cargados de una mezcla repugnante de alivio, furia y una profunda, corrosiva desconfianza.
Dio tres zancadas rápidas hacia mí, invadiendo mi espacio con esa corpulencia física que siempre utilizaba para intimidarme desde que éramos niños.