PARTE 4: LA MESA DE LOS CUERVOS

La grava del camino de entrada crujió bajo los neumáticos desgastados de mi auto compacto con un sonido seco, casi fosilizado.
Eran las nueve y cincuenta y dos de la mañana.
El portón monumental de hierro forjado con las iniciales entrelazadas de la familia —G.L., Garza Lozano— tardó diez segundos enteros en abrirse por completo.
A través del parabrisas, la mansión de San Jerónimo se alzaba contra el cielo nublado como un mausoleo de cantera blanca y techos de teja importada.
Una fortaleza diseñada en los años noventa para aislar a sus ocupantes de la realidad vulgar del resto del país.
Estacioné mi vehículo justo en medio de la rotonda de adoquines, desentonando de manera escandalosa con el entorno.
A mi izquierda descansaba la Range Rover negra de Mateo, con el cofre aún caliente y el parabrisas salpicado de barro de carretera.
A mi derecha, la Suburban blindada de Paulina, con las cortinillas de privacidad corridas y las llantas de perfil bajo relucientes por el abrillantador recién aplicado.
Dos monumentos sobre ruedas al endeudamiento bancario y a la vanidad de aparador.
Apagué el motor del auto.
El silencio que siguió fue denso, pesado, cargado con la electricidad estática que precede a las tormentas de verano.
Ajusté el espejo retrovisor interior y me miré a los ojos durante cinco segundos enteros.
No había rastro de ojeras.
No había temblor en las pestañas ni rigidez en la mandíbula.
Llevaba una camisa blanca de popelina con los botones cerrados hasta el cuello, un pantalón sastre gris carbón y mi mochila de lona negra sobre el asiento del copiloto.
Dentro de esa mochila descansaba la computadora portátil con el expediente pericial de Don Guillermo y el contrato de cincuenta millones de dólares firmado en la medianoche.
Tomé la mochila por las correas, abrí la portezuela y puse un pie sobre los adoquines húmedos.
El aire de la colonia olía a pino podado, a tierra mojada y al humo tenue de las chimeneas decorativas que los vecinos encendían por puro capricho estético.
Caminé despacio hacia la escalinata de acceso.
Cada escalón de mármol parecía resonar bajo mis botines con el eco sordo de una campana sumergida.
Antes de que pudiera estirar el brazo hacia la aldaba de bronce, la pesada puerta principal de caoba se abrió hacia adentro sin hacer ruido.
Era Socorro, la empleada doméstica que llevaba veinticinco años limpiando los desastres de mi madre.
Llevaba su uniforme gris con delantal blanco impecable, pero sus ojos oscuros estaban hinchados y esquivaban mi rostro con un miedo reverencial.
—Niña Elena… —susurró con un hilo de voz temblorosa, asomándose al porche como si temiera que las paredes tuvieran micrófonos—.
—Buenos días, Socorro —respondí con una calidez que desarmó por un instante la rigidez de sus hombros.
—Están todos en el comedor principal desde las nueve —me dijo con la cabeza gacha, apretando las manos contra el delantal—.
—Doña Patricia no ha dejado de gritarle a los muchachos. Tenga mucho cuidado, niña… el licenciado Héctor trajo unos papeles muy feos de la notaría.
Le puse una mano suave sobre el hombro.
—No te preocupes por mí, Choco. Ve a la cocina y quédate allá hasta que todo termine.
La mujer asintió con un espasmo de alivio y desapareció por el pasillo lateral de servicio con pasos rápidos y silenciosos.
Crucé el umbral de la casa paterna.
El vestíbulo de doble altura olía a cera de lavanda francesa, a café negro recalentado y al perfume floral empalagoso que mi madre usaba como sello de distinción.
En el centro del salón, el candil de cristal de Murano colgaba como una gigantesca lágrima invertida, atrapando la poca luz grisácea que entraba por el domo superior.
Giré a la derecha, en dirección a la biblioteca que conectaba con la recámara de la planta baja.
La puerta entornada me dejó ver a mi abuela Carmen sentada en su sillón de terciopelo verde musgo, junto a la ventana que daba al jardín interior.
Tenía una manta tejida sobre las rodillas huesudas y un rosario de plata descansando en su regazo inmóvil.
Al escuchar mis pasos en el pasillo, giró la cabeza con lentitud, como si cada vértebra le costara un esfuerzo supremo.
Nuestras miradas se encontraron a través del cristal de la puerta entreabierta.
Sus ojos, nublados por las cataratas pero encendidos por una lucidez dolorosa, me recorrieron de pies a cabeza.
No me sonrió.
Simplemente levantó la mano derecha dos centímetros sobre la manta y cerró el puño con fuerza, en un gesto silencioso de resistencia que me partió el alma en dos.
Era la señal que inventamos juntas cuando yo tenía diez años y mi madre me encerraba a estudiar modales en la biblioteca: Mantén la guardia.
Asentí con un movimiento casi imperceptible de barbilla y continué mi marcha hacia el comedor principal.
El pasillo se estrechaba hacia las dos hojas de madera labrada con motivos de vides y racimos de uvas.
Desde el interior no salían gritos.
Salía un murmullo tenso, sibilante, similar al siseo de una fuga de gas en una habitación sellada.
Apoyé la palma de la mano sobre el picaporte dorado, lo empujé hacia abajo con firmeza y abrí las puertas de golpe.
La escena en el interior era una puesta en escena perfecta del teatro del absurdo que definía a los Garza.
Una mesa monumental de caoba oscura para catorce comensales dominaba el espacio bajo la luz fría de doce focos empotrados en el techo de plafón.
En la cabecera principal, con la espalda recta como una estaca de hierro, estaba sentada doña Patricia.
Llevaba un traje sastre de dos piezas de lana virgen color palo de rosa, el cabello teñido de rubio platinado peinado hacia atrás con fijador y un collar de perlas de tres vueltas que le apretaba la piel flácida del cuello.