«Dígame qué significa, licenciado. Y no me oculte nada si quiere seguir conservando mi respeto y su sueldo».
Estrada se pasó la mano por la frente perlada de sudor, mirando hacia la puerta cerrada como si temiera que el fantasma de mi madre fuera a atravesar la madera en cualquier instante.
«Hace quince años, la noche antes del incendio de Los Nogales, tu padre Don Fernando me mandó llamar a su despacho privado», relató Estrada con una voz quebrada que apenas superaba el rumor del viento en los cristales.
«Yo era entonces un pasante recién graduado que trabajaba en el bufete del viejo Peralta».
«Don Fernando había descubierto que Doña Mercedes estaba desfalcan do las cuentas de la minera familiar para financiar las campañas políticas de su hermano, tu tío Bernardo».
«Tu padre redactó un nuevo testamento ológrafo de su puño y letra, revocando todos los poderes conferidos a tu madre».
«En ese documento, Don Fernando te nombraba a ti heredero universal del setenta por ciento del patrimonio al cumplir los treinta años, y el treinta por ciento restante quedaba en un fideicomiso ciego para los campesinos de la cooperativa de San Rafael».
«Doña Mercedes quedaba excluida de la administración y reducida a una pensión de supervivencia vitalicia».
Sentí que el aire me faltaba en los pulmones.
«¿Y qué pasó con ese testamento original, Estrada?», pregunté, sintiendo una furia sorda quemándome el pecho.
«¿Por qué nunca apareció en el juicio sucesorio?»
Estrada bajó la cabeza con un gesto de vergüenza irremediable.
«Esa noche, don Horacio Peralta y yo protocolizamos el acta y guardamos el duplicado en la caja de seguridad empotrada en el sótano de la hacienda».
«A las tres de la madrugada se desató el incendio en la biblioteca».
«Cuando los bomberos sacaron el cuerpo de Don Fernando, Doña Mercedes ya estaba allí, con la ropa intacta y el rostro impasible».
«Ella entró a la casa humeante antes que los peritos criminalistas».
«Al día siguiente, Peralta me dijo con lágrimas en los ojos que el testamento se había quemado junto con el mobiliario de la biblioteca».
«Peralta renunció a la notaría a la semana siguiente y huyó a refugiarse en la montaña sin dar más explicaciones».
«¿Y usted no dijo nada durante quince años?», rugí en un susurro cargado de veneno, poniéndome de pie y apoyando los nudillos sobre la mesa frente a su rostro.
«¡Usted se quedó callado mientras mi madre tomaba el control absoluto del consorcio y me hacía firmar poderes notariales en blanco!»
«¡Tuve miedo, Ramiro!», exclamó Estrada con los ojos anegados en lágrimas, encogiéndose en el asiento.
«¡Tuve terror por la vida de mis hijos! El chofer de Doña Mercedes, ese matón con la oreja cortada llamado Manuel, vino a mi departamento tres días después del entierro de tu padre».
«Me dejó una caja de zapatos sobre la mesa del comedor con cien mil dólares en efectivo y una foto de mis dos hijas saliendo del colegio de monjas».
«Me dijo una sola frase: ‘El licenciado Peralta entendió que el aire de la montaña es muy sano para la vejez. Si usted no quiere que sus hijas tengan un accidente en la carretera, olvídese de que Don Fernando tuvo un segundo testamento’».
«¿Qué querías que hiciera? ¿Inmolarme contra la mujer más poderosa y despiadada del estado?»
Me quedé mirándolo con un desprecio profundo, pero la frialdad del estratega se impuso sobre el impulso ciego de la violencia.
Estrada era un cobarde, sí, pero era un testigo vivo de la conspiración original.
«¿Dónde está la caja fuerte del sótano de Los Nogales hoy en día?», pregunté, controlando el temblor de mi mandíbula.
«La hacienda quedó en ruinas después del fuego; Doña Mercedes mandó cercar el perímetro con alambre de púas y prohibió el paso a todo el mundo alegando riesgo de derrumbe estructural».
Estrada se secó una lágrima con el dorso de la mano y miró fijamente el papel carcomido.
«La nota de Elena tiene la respuesta, Ramiro», señaló el viejo abogado, apuntando con el dedo tembloroso a la última línea manuscrita.
«Mira lo que escribió Elena antes de morir: lo que hay debajo del piso de la cocina».
«En la hacienda vieja, la entrada al sótano de servicio no estaba en la biblioteca; estaba debajo de la alacena de la cocina grande, tapada por baldosas de barro cocido».
«Elena trabajó como ayudante de cocina en Los Nogales antes de que tú la conocieras en Creel; ella conocía los pasadizos de servicio mejor que nadie».
«Si Elena supo de este papel, fue porque alguien se lo entregó para protegerlo antes de que Doña Mercedes pudiera destruirlo por completo».
«Peralta», murmuré entre dientes, atando los cabos sueltos de una trama macabra que abarcaba tres generaciones de secretos y traiciones.
Don Horacio Peralta se había refugiado en San Rafael, el mismo pueblo serrano donde Elena vivía con los tres niños.
El viejo notario, consumido por la culpa de haber callado la verdad, había buscado a la mujer que yo amaba para poner en sus manos la única arma capaz de salvar a mis hijos cuando el destino los alcanzara.
Caminé hacia el ventanal de la suite.
A través del cristal empañado, el cielo de la sierra comenzaba a teñirse de un azul índigo gélido.
La nevada había cesado por fin, dejando un manto de más de medio metro de nieve virgen que cubría los pinos y las curvas de la carretera como un sudario blanco.
En el horizonte, a menos de quinientos metros de la reja principal de mi hotel, dos camionetas negras sin placas de circulación permanecían estacionadas en el acotamiento de la carretera, con los motores en marcha arrojando columnas densas de humo blanco por los escapes.
Eran los hombres de Doña Mercedes.
Estaban vigilando las salidas del complejo, esperando la primera oportunidad para interceptar a cualquier vehículo que intentara romper el cerco.
Mi madre no se detendría con amenazas telefónicas ni con asambleas de accionistas ficticias.