PARTE 2: LA GRIETA DEL PASADO
El aire del vestíbulo se volvió tan denso y pesado que respirar me raspaba la tráquea como si estuviera inhalando esquirlas de vidrio molido.
Permanecí arrodillado sobre las baldosas de mármol de Carrara, ajeno por completo a las gotas de aguanieve sucia que empapaban mis pantalones de lana inglesa.
La voz del doctor Morales no había sido más que un zumbido agudo perforándome el oído izquierdo.
Sin embargo, aquellas palabras finales rebotaban contra los muros de cantera y los vitrales blindados con la fuerza destructiva de una avalancha.
«Los tres niños llevan legalmente sus propios apellidos».
Bajé la mirada hacia la palma de mi mano derecha.
La medalla de plata de la Virgen de Guadalupe, manchada por una pátina verdosa de humedad y salitre, me quemaba la piel a pesar del frío ártico que se colaba por las puertas automáticas.
Acaricié con la yema del pulgar la superficie rugosa del reverso.
Ramiro y Elena, amor eterno.
Esa tipografía curvada, tosca y artesanal, la reconocería en cualquier rincón del mundo, incluso en la más completa oscuridad.
Yo mismo la mandé tallar en un pequeño taller clandestino del centro de Creel, en aquel invierno de hace siete años, cuando creía ciegamente que el dinero de mi familia no alcanzaba para comprar el destino.
Un quejido seco y ahogado me devolvió a la realidad del suelo de mármol.
Eloísa estaba de pie frente a mí, encorvada por el cansancio acumulado, sosteniéndose apenas sobre sus delgadas piernitas cubiertas de lodo y costras de escarcha.
El abrigo de lana que acababa de ponerle sobre los hombros le arrastraba por el suelo, pesándole tanto como una armadura de plomo sobre su estructura infantil.
Sus ojos.
Dios mío, aquellos ojos.
Eran de un tono ámbar traslúcido, dos almendras líquidas salpicadas de diminutas motas doradas alrededor de la pupila, exactamente iguales a los que me miraban al otro lado de la mesa de mi propia madre cada domingo.
Pero tenían al mismo tiempo la forma rasgada y profunda de Elena, esa mirada que aprendí a descifrar entre los pinares cuando la lluvia golpeaba el tejado de zinc de nuestra cabaña secreta.
«Señor Alcázar, reaccione, por favor», insistió el médico, con la voz ahogada por una tensión evidente.
Morales sostenía a la pequeña Jimena envuelta en gasas térmicas y una manta térmica de aluminio que brillaba grotescamente bajo las lámparas de cristal de Murano.
El rostro de la bebé era una pequeña máscara de cera pálida, con los labios de un violeta desvaído y las pestañas blancas por el rocío congelado.
El doctor tenía dos dedos pegados al cuello minúsculo de la recién nacida, buscando un latido que parecía negarse a seguir existiendo.
«No está ventilando de forma adecuada», murmuró Morales, y el temblor en sus nudillos blancos delató el miedo de un profesional acostumbrado a emergencias cotidianas, no a cadáveres infantiles en potencia.
«Llévela a la suite presidencial de la planta baja, ahora mismo», ordené con una voz que no reconocí como mía; sonaba hueca, metálica, despojada de cualquier emoción aparente.
«Instale allí todo el equipo de reanimación pediátrica. Traiga tanques de oxígeno portátiles y suero glucosado tibio».
«Señor, el protocolo exige llamar al hospital regional y trasladarla en ambulancia municipal…», intentó rebatir el doctor, mirándome con recelo profesional.
«La carretera estatal está cerrada por la ventisca a tres kilómetros de aquí, usted lo sabe perfectamente», sentencié, clavándole una mirada que hizo retroceder a Morales medio paso.
«Si espera una ambulancia que no llegará a tiempo por el hielo en las curvas, esa niña morirá en sus brazos antes de que toquen la rampa de urgencias».
«Haga lo que le digo. La suite se calienta mediante suelo radiante; es el lugar más cálido y hermético de todo el complejo».
Morales no discutió más; dio media vuelta y echó a correr por el pasillo alfombrado hacia el ala este, escoltado por dos camareras que llevaban toallas calientes apiladas hasta el mentón.
Me quedé allí, solo en medio del salón descomunal, con la vieja carretilla oxidada goteando barro viscoso sobre la tapicería de terciopelo.
Dentro de la cubeta de hierro galvanizado, el pequeño Silverio continuaba debatiéndose entre la vida y el sueño inducido por la hipotermia.
Emitía un sonido débil, un llanto monocorde y rasposo, como el gemido de un cachorro al que le falta el aliento para gritar.
Sus puñitos, amoratados y cubiertos de sabañones sangrantes, golpeaban débilmente el aire congelado dentro de la cobija de lana carcomida por las polillas.
Me acerqué a él lentamente, sintiendo que cada articulación de mis rodillas crujía como madera vieja.
Al agacharme sobre el borde astillado de la carretilla, un olor denso me golpeó la nariz: olor a humo de leña verde, a ocote rancio, a pino podrido y a ese aroma inconfundible de la indigencia extrema que se pega a la ropa cuando se duerme sobre tierra húmeda.
Pero debajo de todo eso, reconocí otra cosa.
Un perfume casi imperceptible de jabón de pasta de manzanilla, el mismo jabón humilde que Elena solía usar para lavarse el cabello en el arroyo helado.
Ese detalle microscópico me desgarró el pecho con más ferocidad que cualquier prueba científica.
Levanté al niño con un cuidado infinito, como si estuviera sosteniendo una reliquia de porcelana fina a punto de fragmentarse en mil pedazos.
Silverio pesaba tan poco que parecía hueco por dentro; sus costillas se marcaban bajo la camiseta raída de algodón percudido como los arcos de un barco naufragado.
Al sentir el contacto de mi pecho, el bebé dejó escapar un suspiro entrecortado y apoyó su mejilla fría contra la solapa de mi camisa de seda.
El calor residual de mi cuerpo pareció provocarle un espasmo de alivio; aflojó las manos y su cabeza cayó rendida en el hueco de mi cuello.
Eloísa, sin apartarse de mi costado, me jaló el faldón de la chaqueta con una timidez lacerante.