«Tome dos muestras de hisopado bucal de cada uno de los gemelos y de Eloísa».
«Tome una muestra de mi propia sangre aquí mismo, con Estrada como testigo ocular directo».
Morales no vaciló; sacó de su bolsillo una cajita con seis hisopos estériles sellados al vacío y una jeringa con un tubo de ensayo de tapón lila para hematología.
Me senté en el sillón de orejas frente al notario y me remangué la manga izquierda de la camisa blanca.
Morales me colocó el torniquete de látex en el bíceps con destreza quirúrgica; la vena del pliegue del codo saltó de inmediato bajo la piel tersa.
Sentí el pinchazo agudo de la aguja entrando en el vaso sanguíneo.
Un chorro de sangre roja y espesa llenó el tubo de vacío en cuestión de segundos.
«Muestra número uno: Ramiro Alcázar de la Garza», dictó Morales en voz baja mientras pegaba una etiqueta de código de barras sobre el cristal.
Luego el médico se acercó a la cama.
Con una delicadeza conmovedora, introdujo el hisopo de algodón en la comisura de los labios de Jimena, frotando suavemente la cara interna de su mejilla sin despertarla.
Repitió el mismo procedimiento con Silverio, quien solo arrugó la nariz ante el roce del hisopo, y finalmente con Eloísa.
La niña mayor abrió los ojos un milímetro, me buscó con la mirada en la penumbra y, al ver que yo permanecía sentado a tres metros mirándola fijamente, volvió a cerrar los párpados dejándose examinar sin oponer resistencia.
Morales guardó los hisopos en sobres de plástico sellados con cinta de seguridad numerada y los colocó sobre la mesa frente a Estrada.
«Ahí tiene sus pruebas materiales de trazabilidad biológica, licenciado», dije, frotándome el algodón con alcohol sobre el pliegue del brazo.
«El laboratorio genético del doctor Carvajal en la capital procesará las muestras con carácter de urgencia extrema; el helicóptero corporativo del hotel saldrá hacia allá en cuanto el viento de la sierra baje a menos de cuarenta nudos».
Estrada suspiró, sacó sus anteojos de carey del bolsillo del chaleco y se los colocó sobre el puente de la nariz.
Abrió el libro de actas número ciento ocho, descorrió la tapa del tintero y comenzó a redactar la comparecencia con una caligrafía limpia y angulosa.
En la ciudad de Creel, Municipio de Bocoyna, Estado de Chihuahua, siendo las cinco horas con diecisiete minutos del día seis de enero…
El raspar de la pluma metálica sobre el papel sellado era el único sonido que competía con el murmullo de la calefacción central.
Cada línea que Estrada trazaba en el libro representaba un clavo más en el ataúd de la vida que yo había conocido hasta esa madrugada.
Si reconocía legalmente a los niños bajo mi apellido, asumiría no solo la custodia física inmediata, sino la responsabilidad legal de sus vidas ante el Estado mexicano.
Pero había algo más profundo, una herida abierta en el centro de mi pecho que ninguna firma jurídica podía sellar.
Elena.
Elena había muerto sola.
En un jacal con techo de lámina oxidada y rendijas por donde el viento de la sierra entraba como navajas de afeitar.
Sin analgésicos, sin sábanas limpias, sin una taza de caldo caliente servida por manos que la quisieran.
Tosió sangre durante meses mientras sus tres hijos pequeños la veían apagarse día a día a la luz de una vela de cera de abeja.
Y todo ese tiempo, yo dormía en sábanas de seda importada, cenaba en restaurantes con estrellas Michelin en Nueva York y me quejaba del estrés corporativo de administrar una fortuna de cincuenta millones de dólares.
Apreté los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas, buscando en el dolor físico un castigo mínimo para mi ceguera imperdonable.
«Firme aquí, don Ramiro», indicó la voz cautelosa de Estrada, interrumpiendo mi espiral de culpa.
El notario me extendía la pluma de émbolo, señalando el renglón inferior del acta donde figuraba mi nombre completo en letras mayúsculas.
Tomé el instrumento de metal frío.
Firmé sin que me temblara un solo milímetro el trazo.
La tinta negra brilló húmeda sobre el papel de algodón: Ramiro Alcázar de la Garza.
«Firma el testigo instrumental», añadió Estrada, pasándole el documento al doctor Morales, quien estampó su rúbrica rápida y enérgica al pie de la página.
Estrada sacó su sello de acero y bronce del maletín, lo presionó sobre el cojín de tinta roja y lo estampó con un golpe seco de la palma sobre el papel.
El escudo nacional mexicano quedó grabado con nitidez impecable sobre el registro.
«Legalmente, Ramiro», dijo Estrada levantando los ojos tras los cristales de sus lentes, «a partir de este segundo exacto, Eloísa, Silverio y Jimena son tus hijos legítimos ante la Constitución y el Código Civil».
«Tienes la patria potestad exclusiva por fallecimiento comprobado de la madre».
«Cualquier intento de sustracción de menores por parte de terceros, incluida Doña Mercedes o las fuerzas policiales del estado, constituye el delito federal de secuestro calificado».
«Eso era exactamente lo que necesitaba asegurar», respondí, cerrando el libro con cuidado.
«Ahora, Estrada, quiero que examine este documento».
Saqué de mi cartera el papel quemado que Eloísa me había entregado minutos antes y lo deposité con extrema reverencia sobre el paño de la mesa.
Estrada frunció el ceño con extrañeza al ver el aspecto andrajoso del folio.
Sin embargo, en cuanto sus ojos leyeron la frase escrita con tinta negra y divisaron el sello seco en bajorrelieve de la Notaría Número Cuatro, su rostro perdió el poco color que le quedaba.
El notario se quitó los lentes con una mano trémula, se limpió los cristales con el borde de su pijama y volvió a colocárselos como si no creyera lo que estaba viendo.
«Dios del cielo…», susurró Estrada, y un jadeo asmático le cortó la respiración.
«¿De dónde sacaste esto, Ramiro?»
«De la carretilla donde mis hijos llegaron al hotel esta noche», contesté sin pestañear.