Tras un intercambio tenso de murmullos y gestos violentos con las manos enguantadas, Treviño hizo una seña a su chofer para que moviera la patrulla hacia el acotamiento de la carretera.
El paso quedaba libre.
Apreté el acelerador y el vehículo cruzó el retén sin que ninguno de los dos bandos volviera a mirarse a las caras.
«Ramiro… esto es una trampa», balbuceó Estrada, secándose el labio superior con un pañuelo de papel arrugado.
«Tu madre no te citó en Los Nogales para negociar un reparto de bienes».
«Ella sabe que ese lugar está desolado, sin cobertura celular ordinaria y a kilómetros de cualquier estación de bomberos o cruz roja».
«Si entramos ahí, estamos entrando a su territorio absoluto».
Miré por el retrovisor central hacia Eloísa.
La niña no miraba el paisaje de abetos cubiertos de nieve ni el humo lejano del pueblo; me miraba a mí a través del cristal del espejo.
Nuestros ojos color miel se encontraron en ese rectángulo de cinco por diez centímetros.
En su mirada no había llanto ni quejas; había una expectación serena y demoledora, la mirada de un sobreviviente que confía en el único adulto que no la ha golpeado ni la ha dejado morir de hambre.
«No voy a retroceder, Estrada», sentencié, virando el volante hacia el camino de terracería que ascendía hacia las faldas de la sierra.
«He vivido quince años administrando hoteles de cinco estrellas sobre las cenizas de un asesinato que fingí no ver para mantener la paz de una familia que nunca existió».
«Si hoy tengo que enterrar el apellido Alcázar en esas ruinas para que mis hijos caminen con la cabeza en alto, lo haré sin dudarlo un segundo».
El camino hacia Los Nogales era una brecha serpenteante entre desfiladeros de piedra caliza y bosques tupidos de encinos y pinos reales.
La nieve aquí era más profunda, virgen de pisadas o huellas de llantas desde la gran nevada de la noche anterior.
A los veinte minutos de marcha forzada, el portón monumental de hierro forjado apareció entre la bruma del amanecer.
Dos columnas macizas de cantera rosa, coronadas por dos águilas imperiales decapitadas por el abandono y el tiempo, sostenían las rejas carcomidas por el óxido.
El letrero colgante que rezaba Hacienda Los Nogales – 1892 crujía al compás del viento de la cañada.
Avanzamos por el sendero flanqueado por álamos muertos hasta llegar a la explanada principal.
Allí estaba.
La casa grande de la hacienda se levantaba como el esqueleto calcinado de un monstruo de piedra y adobe en medio del claro blanco.
Las vigas del tejado, quemadas hasta el carbón durante el incendio de hace quince años, colgaban sobre las paredes descascaradas como costillas ennegrecidas al aire libre.
Los grandes ventanales de la biblioteca no tenían vidrios; solo quedaban los huecos ciegos y ahumados por donde el viento silbaba una melodía espectral.
Pero en medio de aquel escenario de devastación y luto, había un contraste grotesco y perturbador.
Aparcada frente a la escalinata de piedra tallada descansaba la limusina Mercedes-Benz blindada de mi madre, con el motor apagado pero la carrocería impecable, reflejando el cielo gris como un espejo negro de laca fina.
Y de pie sobre el rellano del pórtico de entrada, protegida del viento bajo los restos del voladizo de madera, estaba ella.
Doña Mercedes de la Garza viuda de Alcázar.
A sus setenta y un años, mi madre mantenía una figura erguida y aristocrática que parecía inmune a la decrepitud biológica y a las inclemencias del clima.
Vestía un abrigo largo de marta cibelina color antracita que le rozaba los botines de piel italiana, y llevaba en la cabeza un turbante de terciopelo negro sujeto con un broche de diamantes y platino.
En sus manos, cruzadas sobre el abdomen con una compostura teatral, relucían los famosos guantes grises de cabritilla importada.
Ni un solo temblor delataba el frío de cuatro grados bajo cero que congelaba el ambiente.
Me bajé de la camioneta de golpe, sin cerrar la puerta del todo para que la calefacción siguiera protegiendo a los niños en el habitáculo.
El crujido de mis botas sobre la nieve virgen fue el único sonido que precedió al choque de nuestras miradas.
Caminé despacio, subiendo los cinco escalones de piedra resbaladiza hasta quedar a dos metros de distancia de la mujer que me había criado.
Al verla de cerca, el paso de las horas se hacía visible en las comisuras de su boca: el labial carmín estaba ligeramente corrido en la orilla derecha y las líneas de expresión alrededor de sus ojos eran grietas tensas de furia reprimida.
«Llegas tarde, Ramiro», dijo mi madre, rompiendo el silencio con una voz modulada, metálica y desprovista de cualquier calidez afectiva.
«El desayuno que pedí que subieran desde la cocina del pueblo ya se enfrió en los termos».
«No vine a desayunar contigo, Mercedes», respondí, despojando mi tono de cualquier tratamiento filial o respeto de cortesía.
Al escuchar su nombre de pila sin el título de madre, los párpados de Doña Mercedes se tensaron milimétricamente; un destello de ira homicida cruzó por sus pupilas color ámbar.
«Veo que esa ralea serrana ha destruido tu educación en menos de doce horas», siseó ella, bajando las manos hasta apoyar su peso sobre un bastón de empuñadura de plata con cabeza de leopardo.
«Mira a tu alrededor, hijo mío. Mira lo que queda del esfuerzo de tu abuelo y de tu padre».
«Cenizas. Piedra muerta y maderas podridas».
«Y todo por culpa de gente insignificante que cree tener derecho a sentarse a la mesa de los que construyeron este país con sangre y pólvora».
«Mi padre no murió por defender este patrimonio de gente humilde, Mercedes», repliqué, dando un paso al frente hasta que mi sombra cayó sobre su abrigo de piel.
«Mi padre murió porque descubrió que tú estabas desangrando las empresas para comprarle una gubernatura a tu hermano».
«Murió porque redactó un testamento donde te dejaba en la calle con una pensión de limosna».