«¿Qué señora de los guantes grises, mi cielo? Trata de acordarte bien».
Eloísa alzó la vista hacia el techo artesonado, como si intentara buscar en la memoria una imagen precisa que flotaba en el aire de la sierra.
«Una señora alta, con un sombrero negro de pluma chiquita y un coche muy largo que no hacía ruido en la nieve».
«Llegó dos días antes de que mamá dejara de respirar por completo».
«Elena la conocía. Mamá empezó a llorar muy fuerte y le gritó que no le iba a vender a los gemelos por nada del mundo».
El aire de la habitación pareció congelarse de golpe, a pesar de que el termostato de la pared zumbaba arrojando ráfagas continuas de calor.
Mi madre.
Doña Mercedes de la Garza viuda de Alcázar.
La única mujer en doscientos kilómetros a la redonda que usaba guantes de cabritilla gris perla importados de Milán y viajaba en una limusina blindada con chofer privado para no pisar el lodo de los caminos comunales.
«¿Y qué pasó después, Eloísa?», insistí, sintiendo que la sangre me latía en las sienes con una violencia insoportable.
«La señora se enojó mucho», continuó la pequeña, bajando la mirada hacia sus zapatitos rotos, donde la nieve se había transformado en un charco oscuro.
«Le tiró una maleta de billetes sobre la cama de paja a mamá y le dijo: ‘Toma esto y firma la cesión de custodia voluntaria, o tus bastardos se pudrirán en un orfanato del estado cuando te mueras de tisis’».
«Pero mamá agarró la medalla de la Virgen… esta que le di a usted… y se la puso en la boca para rezar».
«Le dijo a la señora: ‘Ramiro nunca va a perdonarte esto cuando sepa la verdad’».
«La señora se rio feo, como una bruja de cuento, y le dijo: ‘Ramiro cree que tú estás muerta desde hace cinco años y que te fuiste a la frontera con un peón de la mina. Nunca sabrá que pariste a sus hijos en esta pocilga’».
Me puse de pie de golpe, tambaleándome como un borracho al borde del abismo.
El respaldo de una silla de nogal me sirvió de apoyo para no desplomarme sobre la alfombra.
Siete años.
Siete malditos años viviendo una farsa meticulosamente orquestada por la mujer que me dio la vida.
Recordé con una nitidez demoledora aquella noche lluviosa de noviembre en el rancho familiar de Cuauhtémoc.
Mi madre me esperaba sentada en su sillón orejero de piel negra, con una copa de jerez en la mano y una carpeta de cuero sobre las rodillas.
«Ramiro, hijo mío, tienes que ser fuerte», me había dicho con una impostada compasión maternal que en aquel momento me pareció sincera.
«Esa muchacha Elena solo buscaba nuestro dinero. En cuanto le ofrecí cincuenta mil dólares para empezar una nueva vida, aceptó sin pensarlo dos veces y abortó al producto en una clínica de El Paso».
«Aquí tienes las copias del expediente clínico y el recibo firmado de puño y letra por ella. Olvídala. Las mujeres de esa clase social no tienen honor ni lealtad».
En aquel entonces, destrozado por el dolor y sumido en una depresión que casi me cuesta la vida, me refugié en el trabajo desmedido, en la expansión agresiva de los hoteles, en amasar una fortuna que no tenía con quién compartir.
Me volví frío, implacable, inaccesible.
Nunca me casé; nunca volví a permitir que ninguna mujer cruzara el umbral de mi privacidad emocional.
Y todo ese tiempo… Elena estaba viva.
Elena estaba a menos de cien kilómetros de mi despacho de cristal, viviendo en la miseria más absoluta, lavando ropa ajena y resistiendo el avance implacable de la tuberculosis pulmonar en un rancho olvidado por Dios.
«¿Y cómo conseguiste la carretilla, mi niña?», pregunté de nuevo, arrodillándome otra vez frente a Eloísa, tratando de recomponer mi voz rota.
«Cuando mamá se puso fría… el señor don Pedro, el carbonero del pueblo, me ayudó a sacarla al patio para enterrarla junto al árbol de tejocotes».
«Él me dijo: ‘Niña, la patrona de la hacienda va a mandar a los policías para quitarte a los bebés y mandarlos al DIF de la capital’».
«’Tu mamá me dejó dicho que te diera esta carretilla vieja y la medalla. Tienes que caminar hacia el norte, siguiendo los postes de luz grandes, hasta llegar al hotel donde hay un león de fierro en la puerta’».
«’Allí vive tu verdadero padre. Si no llegas a tiempo, la señora de los guantes grises te encontrará primero’».
Una punzada de dolor físico me atravesó el costado izquierdo del pecho.
Cinco años.
Una criatura de apenas cinco años arrastrando a dos recién nacidos durante ocho días a través de la tormenta de nieve más violenta de la década en la sierra baja.
Comiendo corteza de pino y pan duro, esquivando a los coyotes y a los retenes de la policía estatal, impulsada únicamente por la última orden de una madre agonizante.
Miré las manitas de Eloísa: los nudillos estaban abiertos en carne viva, hinchados como rábanos morados por el congelamiento de segundo grado.
«Enfermera», llamé con voz firme, sin levantar la vista de las manos de la niña.
«Venga aquí de inmediato».
La mujer se acercó con un frasco de antiséptico y vendas estériles en las manos.
«Cure las heridas de la niña con el máximo cuidado posible. Pídale a la cocina del hotel que suba una olla entera de caldo de pollo caliente con verduras, pan tostado y leche tibia con miel».
«Y usted, Morales», me dirigí al doctor, quien terminaba de canalizar una pequeña vía venosa en la pierna de Jimena.
«¿Cuál es el pronóstico real de los gemelos?»
Morales se secó la frente con el dorso de la manga quirúrgica, dejando escapar un largo suspiro de desahogo.
«El varón está fuera de peligro inmediato; tiene una bronquitis leve que cederá con antibióticos y calor continuo».
«La niña… la niña es una guerrera salvaje, don Ramiro».