El médico dio un respingo y se cuadró de inmediato, con la bata manchada de yodo y la cara perlada de sudor frío.
«Ordene que cierren con llave las rejas perimetrales del estacionamiento subterráneo y que cancelen los accesos electrónicos de servicio».
«Si una patrulla de la policía ministerial intenta entrar alegando cualquier orden de cateo o traslado de menores, comuníqueles que están invadiendo propiedad privada de alta seguridad y que mis escoltas personales tienen órdenes de no permitir el paso a nadie sin una orden judicial firmada por un juez federal».
Morales tragó saliva con dificultad, pero asintió con una reverencia corta.
«Entendido, don Ramiro. Yo mismo bajaré a supervisar los accesos de la planta baja».
«Y una cosa más», agregué, deteniéndolo con un gesto antes de que alcanzara el umbral de la puerta.
«Quiero que traigan de inmediato a la habitación al notario público del hotel, al licenciado Estrada».
«Que suba con su sello oficial y el libro de actas notariales de guardia. Hay tres documentos de reconocimiento de paternidad y custodia definitiva que deben quedar firmados, protocolizados y archivados antes de que salga el sol».
Morales no replicó; salió rápidamente de la habitación cerrando la puerta tras de sí con un chasquido sordo.
Me quedé a solas con los tres pequeños.
La enfermera, entendiendo la intimidad del momento, se retiró a la antesala de la suite para preparar las dosis de suero glucosado que debían administrarse por vía intravenosa en la siguiente hora.
Caminé lentamente hacia la cama y me senté sobre el borde del colchón.
Jimena respiraba ahora con un ritmo acompasado, inflando su pechito diminuto bajo el edredón con una suavidad conmovedora.
El color de sus mejillas había cambiado de aquel blanco cadavérico a un tono rosado pálido, y una gota de sudor tibio brillaba en la comisura de sus labios.
Silverio, a su lado, se había quedado profundamente dormido, con el pulgar metido dentro de la boca y el ceño fruncido en un gesto de concentración infantil que me recordó de golpe a mis propios retratos de la niñez.
Eloísa se acercó arrastrando las pantuflas térmicas que la enfermera le había puesto después de vendarle las plantas de los pies.
Subió a la cama con dificultad, apoyando las rodillas sobre las mantas, y se sentó junto a mí, mirando fijamente las facciones de sus hermanitos.
«Señor Ramiro…», murmuró con timidez, jugueteando con el cordón de mi corbata deshecha.
«¿Es verdad lo que le dijo a esa señora por el teléfono?»
La miré a los ojos, deteniéndome en cada uno de los destellos dorados que bailaban en su iris color miel.
«¿Qué parte, mi cielo?»
«Eso de que usted es nuestro papá».
Sentí que el mundo entero se detenía en ese segundo exacto, esperando una respuesta que definiría el resto de los días que me quedaran sobre la tierra.
Tomé sus dos manitas vendadas entre las mías, sintiendo la tibieza incipiente que comenzaba a ganarle la batalla al entumecimiento del hielo.
«Es la verdad más grande que he dicho en toda mi vida, Eloísa», respondí, y una lágrima pesada, caliente y salada, se me escapó por fin de la comisura del ojo izquierdo, resbalando por mi barba de tres días.
«Tu mamá Elena no te mintió. Yo debí haber ido a buscarlos hace muchos años, pero me engañaron… fui un ciego y un cobarde».
«Pero ese tiempo ya se acabó».
Eloísa apoyó su cabecita cansada contra mi hombro, dejando escapar un suspiro tan profundo que pareció descargar sobre mi cuerpo todo el peso de la sierra nevada.
«Mamá me dijo que cuando te encontrara, te pidiera perdón de su parte».
Fruncí el ceño, desconcertado por sus palabras.
«¿Perdón por qué, mi amor? Ella no me hizo ningún daño; fui yo quien no estuvo ahí para protegerla».
La niña metió la mano dentro del bolsillo de mi abrigo que descansaba sobre los pies de la cama y sacó un pedazo de papel doblado en cuatro partes, sucio de carboncillo y con los bordes quemados por la cera de una vela.
«Porque mamá dijo que en ese papel estaba escrito el secreto del rancho viejo… y que si Doña Mercedes se enteraba de lo que había debajo del piso de la cocina, iba a mandar a quemar a todo el pueblo con nosotros adentro».
Tomé el pedazo de papel amarillento con dedos temblorosos, sintiendo que un nuevo abismo se abría bajo mis pies.
Desdoblé el folio carcomido con sumo cuidado; en el encabezado, con una caligrafía temblorosa pero reconocible de Elena, se leía una sola frase aterradora:
El testamento secreto de Don Fernando Alcázar no murió en el incendio; tu madre no es la dueña de nada.