Ella sabía que la llegada de Eloísa con la medalla y los papeles era el principio del fin de su dinastía artificial.
Y una bestia herida de ese calibre era capaz de prender fuego a la montaña entera antes de soltar su presa.
Me giré hacia la habitación.
Eloísa se había despertado de nuevo; estaba sentada en medio del edredón blanco, mirándome con una quietud conmovedora.
«Papá», dijo la niña, pronunciando la palabra con una naturalidad desgarradora que me hizo vibrar hasta el último nervio del alma.
«Tengo hambre».
Una sonrisa involuntaria, la primera en más de siete años, se dibujó en la comisura de mis labios.
Me acerqué a la cama, me senté a su lado y le aparté un mechón de cabello castaño que le caía sobre la frente pecosa.
«Ya viene el caldo caliente en camino, mi amor», le respondí, acariciándole la mejilla tibia con el dorso de los dedos.
«Y después de que coman, vamos a salir de aquí».
«¿A dónde vamos a ir, papá?», preguntó ella, bajando la voz con ese temor instintivo que los niños perseguidos nunca logran sacudirse del todo.
«¿La señora de los guantes nos va a encontrar?»
Miré hacia la mesita de noche, donde descansaban la medalla de la Virgen de Guadalupe, el acta notarial firmada con tinta fresca y el papel quemado de Elena.
«No nos va a encontrar, Eloísa», le prometí con una determinación implacable que me devolvió la fuerza de mis mejores años.
«Nosotros vamos a ir a buscarla a ella».
«Vamos a ir a la hacienda Los Nogales a desenterrar la verdad que tu mamá guardó con su vida en la nieve».
La niña asintió con la cabeza, apoyó su carita en mi rodilla y me dejó sentir por primera vez el latido tranquilo de un corazón que sabía que ya no estaba solo en medio de la tormenta.
PARTE 4: EL CERCO DE HIERRO
El motor de mi camioneta blindada rugía con un zumbido grave mientras los limpiaparabrisas empujaban bloques densos de aguanieve hacia los costados del parabrisas.
Eran las seis y cuarenta de la mañana.
El cielo serrano comenzaba a desgarrarse en una franja cárdena, un violeta pálido y sangriento que teñía las copas de los pinos petrificados por la helada.
A mi lado, en el asiento del copiloto, el licenciado Estrada temblaba como una hoja seca, aferrando su maletín de cuero contra el estómago como si pudiera servirle de escudo balístico.
En la fila trasera, la enfermera sostenía con firmeza a los dos gemelos envueltos en mantas de plumón dentro de los portabebés térmicos fijados al chasis.
Eloísa iba sentada en el medio, vestida con un suéter azul de alpaca que le quedaba tres tallas más grande, con las manos vendadas apoyadas sobre los muslos y la vista clavada en el espejo retrovisor.
No decía una sola palabra.
Esa niña no hablaba a menos que fuera estrictamente indispensable; la miseria y el terror le habían enseñado a economizar el aliento como si cada sonido costara un gramo de vida.
Al salir del camino de adoquines del hotel y tomar la carretera estatal rumbo al viejo desvío de Los Nogales, el primer obstáculo se materializó entre la niebla baja.
Una patrulla de la policía ministerial con la torreta apagada y dos camionetas Suburban de color negro con vidrios polarizados cerraban por completo el carril de asfalto.
El vapor salía de los cofres de los motores en marcha, levantando una cortina grisácea que distorsionaba las siluetas de cuatro hombres parados en medio de la cinta asfáltica.
«Ramiro… por el amor de Dios, frena», suplicó Estrada con un gemido agudo, encogiéndose en su asiento hasta que las rodillas le rozaron la guantera.
«Ese que está parado en medio es el comandante Treviño… y a su lado está Manuel, el chofer de tu madre».
«Si intentas embestirlos, nos van a disparar; tienen vía libre del gobierno estatal para justificar cualquier fuego cruzado como operativo antidrogas».
No toqué el freno.
Apreté el volante de cuero negro con ambas manos hasta que los nudillos se me pusieron tan blancos como el hielo que cubría el arcén.
Dejé que el peso de las tres toneladas de acero blindado de la camioneta siguiera deslizándose a sesenta kilómetros por hora sobre la gravilla congelada.
A cincuenta metros de la barricada, cuando el comandante Treviño ya desabrochaba la funda de su pistola escuadra al cinto, pisé el pedal central con una precisión calculada.
Los frenos ABS crujieron rítmicamente contra los discos ventilados, levantando una polvareda de nieve sucia y deteniendo el vehículo a escasos tres metros del parachoques de la patrulla.
El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el siseo del escape y el murmullo de la calefacción interior.
En el encuadre cerrado de mi ventanilla lateral vi avanzar a Manuel.
Tenía cuarenta y cinco años, una complexión maciza de leñador y una cicatriz profunda y amoratada que le partía la oreja derecha desde el lóbulo hasta la mandíbula.
Llevaba una chaqueta de cuero gastada y las manos enfundadas en guantes de trabajo, pero lo que helaba la sangre era su mirada: dos cuentas de vidrio opaco sin un ápice de humanidad.
Manuel se detuvo a medio metro de mi cristal y golpeó dos veces con el cañón de una pistola compacta que sostenía oculta bajo el faldón de la chamarra.
Toc. Toc.
El sonido fue seco, nítido, amortiguado por las cuatro capas de policarbonato antibalas de mi ventanilla.
Bajé el cristal electrónico apenas tres centímetros, lo suficiente para que el aire bajo cero de la sierra entrara como una cuchillada en la cabina.
«Bájese del vehículo, patrón», dijo Manuel con una voz áspera y tranquila, masticando las palabras con una insolencia calculada.
«La señora mandó que recogiéramos el encargo de la tina de fierro. No haga esto más difícil de lo que ya es».
Sentí el calor de la furia quemándome el cuello, pero no me moví un milímetro.
Mantuve los ojos fijos en la cicatriz de su mandíbula.
«¿Desde cuándo recibes órdenes de interceptarme en una carretera pública, Manuel?», le pregunté, modulando la voz en un registro tan bajo y gélido que el hombre parpadeó, desconcertado por mi compostura.
«Yo recibo órdenes de la patrona, Don Ramiro. De la que firma los cheques en la hacienda desde hace quince años».
«El comandante Treviño trae una orden de aprehensión y traslado precautorio emitida por el Ministerio Público por sustracción ilegal de menores».
«Entréguenos a los tres chamacos por las buenas. Doña Mercedes me dijo que le avisara que lo espera en el casco viejo de Los Nogales para desayunar y arreglar esto como gente decente».
Una punzada de asombro y desprecio me atravesó el pecho.
¿Los Nogales?
Mi madre no estaba en su residencia climatizada de la capital ni en el rancho nuevo de Cuauhtémoc.
Estaba allí mismo, en el epicentro de la tragedia, esperando en medio de las ruinas ennegrecidas de la hacienda donde Don Fernando había muerto calcinado.
Ella sabía que yo iría a buscar la verdad al único lugar donde los muertos podían señalarla con el dedo.
«Dile al comandante Treviño que si toca la manija de esta puerta, el licenciado Estrada llamará directamente a la Fiscalía General de la República por el teléfono satelital que tengo en la consola».
«Aquí traigo las actas de nacimiento protocolizadas y selladas por notario público hace menos de una hora».
«Cualquier intento de desarmarme o tocar a mis hijos se considerará privación ilegal de la libertad con agravante de delincuencia organizada».
Manuel me miró de arriba abajo, evaluando la frialdad de mi mirada.
Vio los papeles sellados en la mano de Estrada y la quietud absoluta de mis dedos apoyados sobre la palanca de cambios.
El matón retrocedió medio paso, escupió una flema oscura sobre la nieve y se acercó a la patrulla para hablar con el comandante ministerial.