«Su temperatura ya subió a treinta y cuatro grados y medio; el corazón recuperó el ritmo sinusal regular y las pupilas responden perfectamente a la luz».
«Si pasa las próximas cuatro horas sin presentar complicaciones pulmonares agudas, estará completamente a salvo».
Cerré los ojos por un instante y dejé que el aire caliente de la habitación llenara mis pulmones vacíos.
Un alivio amargo me inundó el alma, pero la tregua duró menos de un suspiro.
En la mesa auxiliar junto a la puerta, mi teléfono móvil comenzó a vibrar con una insistencia agresiva sobre la bandeja de plata.
La pantalla de cristal líquido se iluminó en medio de la penumbra de la habitación, proyectando un resplandor azul pálido que recortó las sombras del techo.
El identificador de llamadas mostraba una sola palabra que en ese momento me pareció una sentencia de guerra:
Madre.
Me quedé mirando el aparato mientras las vibraciones hacían tintinear levemente las llaves de mi automóvil sobre el metal pulido.
Eran exactamente las cuatro y media de la madrugada.
Doña Mercedes jamás llamaba a deshoras a menos que estuviera ocurriendo una catástrofe que amenazara la estabilidad financiera de la familia o el prestigio social de nuestro apellido.
Eloísa, al escuchar el tono de llamada discreto del teléfono, levantó la cabeza bruscamente, como un cervatillo asustado por el crujido de una rama seca en el bosque.
Sus ojos miel se abrieron con desmesura y un temblor nuevo, distinto al del frío, se apoderó de sus hombros pequeños.
«Señor…», susurró la niña, retrocediendo dos pasos hasta pegar su espalda contra las sábanas de la cama donde dormían sus hermanitos.
«Esa música…»
La miré, desconcertado por su repentino ataque de pánico.
«¿Qué pasa con la música, Eloísa? Es solo el timbre de mi teléfono».
«El chofer de la señora… el hombre grandote con la cicatriz en la oreja… traía ese mismo sonido en su radio cuando vinieron al jacal a empujar la puerta».
La última pieza del rompecabezas encajó con una precisión macabra y destructiva.
No había sido una visita de inspección compasiva ni un intento desesperado de mi madre por rescatar a sus nietos de la indigencia.
Había sido una cacería humana en toda regla.
Doña Mercedes sabía que Elena había muerto; sabía que los niños estaban solos en la sierra y había enviado a su personal de confianza para borrar cualquier rastro de su existencia antes de que pudieran llegar a mí.
El teléfono dejó de sonar durante tres segundos de tenso silencio, solo para volver a encenderse de inmediato con una nueva llamada entrante del mismo número.
Me acerqué al mueble con pasos lentos, calculados, sintiendo cómo la furia me enfriaba la sangre en las venas y me devolvía la lucidez implacable que me caracterizaba en los negocios más hostiles.
Deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el auricular a la oreja, sin pronunciar una sola palabra de saludo.
El silencio del otro lado de la línea fue breve; enseguida se escuchó el carraspeo aristocrático y seco de Doña Mercedes de la Garza.
«Ramiro, hijo», habló mi madre, con un tono cargado de esa dulzura ensayada que siempre utilizaba en las galas de beneficencia para ocultar su desprecio por los demás.
«Me avisaron de la garita de seguridad del hotel que hubo un incidente desagradable en la entrada principal hace unos momentos».
«Parece que un grupo de vagabundos intentó meterse a la fuerza al vestíbulo en medio de la nevada».
Apreté el teléfono con tanta fuerza que los bordes de titanio se me clavaron en la carne de la palma.
«¿Quién te informó de eso a las cuatro de la mañana, madre?», pregunté, manteniendo un tono de voz gélido, monocorde, desprovisto de cualquier inflexión que pudiera delatarme.
Hubo una pausa apenas perceptible al otro lado; mi madre no estaba acostumbrada a que le respondiera con una pregunta directa y cortante.
«Tú sabes que la seguridad de nuestro patrimonio es mi prioridad número uno, querido», respondió ella con una risita suave que me sonó a veneno puro.
«El capitán Ortega me reporta cualquier anomalía importante en tus propiedades. Me dijo que te pusiste histérico con un empleado y que metiste a unos chiquillos mugrosos a las instalaciones».
«No puedes exponerte a un escándalo de relaciones públicas de esa magnitud, Ramiro».
«El gobernador cenará en el restaurante el próximo sábado para el lanzamiento del fideicomiso turístico, y no podemos permitir que el hotel parezca un dispensario de caridad para la chusma de la sierra».
Miré de reojo a Eloísa, que seguía observándome con los ojos desorbitados por el miedo, abrazándose a sus propias rodillas vendadas.
«No son limosneros, madre», dije despacio, saboreando cada sílaba con una frialdad matemática.
«Son tres niños huérfanos que estaban a punto de morir congelados a las puertas de mi negocio».
«Por favor, Ramiro, no seas ingenuo ni te dejes llevar por tus arranques sentimentales», replicó Doña Mercedes, y por primera vez asomó en su voz ese filo autoritario e implacable que tanto temían mis tíos y mis socios comerciales.
«Esa gente utiliza a las criaturas para extorsionar a los hombres ricos con remordimientos de conciencia».
«Ya di instrucciones precisas al comandante de la policía ministerial para que mande una patrulla de custodia».
«Llegarán en veinte minutos a la parte trasera del hotel para recoger a esos niños y trasladarlos de inmediato a una casa hogar del gobierno en la frontera».
«Tú no tienes por qué ensuciarte las manos ni lidiar con la burocracia de los servicios sociales».
Un sudor frío me bajó por la espalda al escuchar la palabra clave: la frontera.
En la frontera norte, los niños sin papeles ni identidad clara desaparecían con una facilidad aterradora en el laberinto de los albergues sobrepoblados, donde una orden discreta de una mujer con el poder político de mi madre bastaría para enterrar sus nombres para siempre.