PARTE 3: LA SOMBRA DEL TESTAMENTO
El reloj de pared de la suite 101, una pieza de bronce con esfera de esmalte blanco traída de un anticuario de Viena, dejó caer cinco campanadas sordas.
Cinco de la madrugada.
El sonido del bronce resonó en la habitación con una cadencia lúgubre, disolviéndose entre las cortinas de terciopelo verde que bloqueaban la luz glacial del amanecer.
Sostenía entre mis dedos el papel amarillento con los bordes carcomidos por el fuego.
El papel crujía como piel seca ante el menor movimiento de mis falanges.
El testamento secreto de Don Fernando Alcázar no murió en el incendio; tu madre no es la dueña de nada.
Aquellas quince palabras no solo desafiaban la historia oficial de nuestra familia; dinamitaban el cimiento sobre el cual Doña Mercedes había erigido su reinado de hierro durante los últimos quince años.
Mi padre, Don Fernando Alcázar, había muerto consumido por las llamas en la biblioteca de la hacienda Los Nogales un catorce de diciembre.
La policía judicial determinó entonces que una falla en el cableado eléctrico provocó el siniestro mientras mi padre dormía bajo los efectos de un somnífero potente.
Doña Mercedes presentó ante el juzgado de primera instancia una copia protocolizada de un testamento que la declaraba heredera universal y albacea vitalicia con poderes absolutos.
Yo tenía entonces veintiocho años, estaba destrozado por la muerte de mi padre y acepté la palabra de mi madre sin dudar de una sola coma.
Eloísa respiraba profundamente contra mi costado, con el rostro hundido en la lana de mi chaleco.
El calor de la habitación y la seguridad de las cuatro paredes habían vencido por fin la guardia de la pequeña guerrera.
Dormía con el puñito cerrado apretando la orilla de mi corbata, como si temiera que al abrir la mano la realidad se evaporara en una nube de nieve y espanto.
Con un cuidado milimétrico, deslicé mi brazo por debajo de su cuerpo para recostarla suavemente en la almohada de plumas junto a sus hermanos.
La niña dejó escapar un quejido débil, movió los labios resecos murmurando algo ininteligible y volvió a caer en ese sueño profundo de los agotados.
Jimena dormía al otro lado, con el suero goteando a ritmo constante en la bolsita graduada colgada del trípode de acero inoxidable.
Silverio roncaba con un silbido infantil tenue, con el chupón ortodóntico que la enfermera le había colocado entre los labios rosados.
Los tres.
Tres hijos de Elena engendrados en el calor de un amor que me hicieron creer inexistente.
Me acerqué a la mesa auxiliar donde descansaba el documento y saqué del bolsillo una pequeña linterna de inspección con luz ultravioleta que siempre llevaba en el maletín ejecutivo.
Encendí el diodo morado sobre la hoja de papel de arroz.
Bajo la frecuencia lumínica ultravioleta, las marcas de agua de la antigua papelería notarial del estado de Chihuahua cobraron vida con un resplandor fosforescente.
Era auténtico.
En la esquina inferior izquierda, semioculto por una mancha de hollín seco, apareció el sello seco en bajorrelieve de la Notaría Pública Número Cuatro de Ciudad Cuauhtémoc.
Aquella notaría pertenecía al viejo licenciado Horacio Peralta, el amigo más cercano de mi padre en la juventud, quien se había retirado abruptamente a una ermita en la sierra pocos meses después del incendio de la hacienda.
Sentí una corriente helada descender por mi espina dorsal.
Doña Mercedes me había dicho que Don Horacio había perdido la razón por el Alzheimer y que sus herederos lo mantenían recluido en una clínica de reposo cerca de Creel.
Otra mentira.
Otra pared de falsedades construida para que yo jamás pudiera encontrar a los testigos de la verdad.
Unos golpes suaves y secos en la puerta de madera maciza rompieron la densidad del silencio.
Tres toques espaciados.
«Adelante», dije en voz baja, guardando el papel dentro de mi cartera de piel y ajustando la solapa de mi camisa desabotonada.
La puerta se abrió con un deslizamiento sordo y apareció la figura enjuta y encorvada del licenciado Estrada, el notario interno de la cadena hotelera.
Estrada tenía sesenta años, el cabello completamente blanco cortado a cepillo y un maletín de cuero gastado bajo el brazo que parecía un anexo natural de su anatomía.
Llevaba el abrigo de paño puesto sobre el pijama, con los ojos inyectados en sangre por haber sido arrancado de su cama a las cuatro y media de la madrugada.
Detrás de él, el doctor Morales cerró la puerta con pestillo doble y se quedó de guardia junto al quicio, con las manos entrelazadas en la espalda.
«Don Ramiro», susurró Estrada, mirando con una mezcla de desconcierto y pavor a los tres niños dormidos en la cama presidencial.
«Morales me puso al tanto de la situación general mientras subíamos por el ascensor de servicio».
«Esto… esto es un campo de minas legal de consecuencias impredecibles».
«No le pedí que viniera a hacer valoraciones de riesgo político, Estrada», respondí con voz áspera, señalando la mesa de centro de mármol negro.
«Le pedí que viniera a certificar la verdad antes de que amanezca».
Estrada dejó el maletín sobre la mesa con un chasquido metálico y sacó un tintero de cristal grueso, una pluma de fuente y tres libros de actas empastados en piel roja.
«Ramiro, conozco a Doña Mercedes desde antes de que tú nacieras», dijo Estrada, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo cavernoso.
«Tu madre controla a tres jueces del Supremo Tribunal de Justicia del Estado y tiene a la fiscalía regional comiendo de su mano».
«Si yo asiento el reconocimiento de paternidad extramatrimonial sin una prueba de ADN legalmente certificada por peritos oficiales, Doña Mercedes puede revocar mi patente de notario antes del mediodía».
Caminé lentamente hacia él, recortando la distancia hasta que mis ojos quedaron fijos en los suyos.
Estrada sostuvo la mirada durante dos segundos antes de bajar los párpados con un parpadeo nervioso.
«Morales», dije sin apartar los ojos del notario.
«Don Ramiro», respondió el médico desde la puerta.