Son index se mit à trembler visiblement tandis que le sang se retirait complètement de ses joues et que sa peau prenait le teint pâle et moite de quelqu’un qui venait de mourir.
—Ich meine, die Stadt ist sehr klein, Mateo—, erwiderte ich und stand so langsam auf, dass er instinktiv einen Schritt zurückwich.
—Und Geheimnisse verbreiten sich in der Armee schneller als Kugeln.
„Du bist verrückt“, sagte er und wich mit einem Blick, in dem sich Verachtung in blanken Schrecken verwandelt hatte, zur Tür zurück.
„Du halluzinierst wegen deines Minderwertigkeitskomplexes. Ich werde morgen einen Arzt aufsuchen, um deinen Kopf untersuchen zu lassen. Ich lasse mir meine Beförderung nicht von dir mit deinen paranoiden Wahnvorstellungen ruinieren.“
Sie verließ das Zimmer und knallte die Tür so heftig zu, dass die Bilderrahmen an der Wand klapperten.
Ich hörte seine eiligen Schritte die Treppe hinunter zu seinem Büro im Erdgeschoss.
El sonido de una llave girando en una cerradura metálica confirmó mis sospechas: Mateo iba directo a revisar los documentos confidenciales que guardaba en su caja fuerte de pared.
Esperé en la oscuridad exactamente doce minutos.
Conté cada segundo controlando mi ritmo cardíaco mediante técnicas de respiración diafragmática aprendidas en el curso de operaciones tácticas encubiertas.
Doce minutos era el tiempo promedio que un oficial bajo estrés etílico tardaba en abrir una botella de licor fuerte para calmar el temblor de las manos, revisar los papeles compulsivamente y caer en una somnolencia pesada inducida por el agotamiento del día.
A las cuatro y quince de la madrugada, descalza para no generar el menor ruido sobre el piso de parqué, salí al pasillo.
La casa estaba sumida en una penumbra azulada.
Desde la habitación de huéspedes se escuchaban los ronquidos guturales de doña Verónica, ajena por completo a la tormenta federal que estaba a punto de desmoronar su linaje de mentiras.
Bajé los escalones pegándome a la pared del lado de la estructura portante, donde la madera no rechina bajo la presión del peso corporal.
Llegué a la puerta del despacho de Mateo.
Una rendija delgada de luz dorada se escapaba por debajo del marco inferior.
Giré la manija de latón con un movimiento milimétrico, aplicando una presión continua hacia arriba para neutralizar el sonido del pestillo.
La puerta se abrió sin un solo quejido.
El despacho olía intensamente a whisky añejo, humo de puro y papel húmedo.
Mateo estaba desplomado sobre el sillón de piel capitonada detrás de su escritorio de nogal.
Tenía la cabeza ladeada sobre el respaldo de cuero, con la corbata arrancada y tirada sobre la alfombra persa.
A su lado, sobre la mesa auxiliar, reposaba un vaso corto con restos de licor y una botella de bourbon vacía hasta la mitad.
Dormía con una respiración profunda, ruidosa y entrecortada, propia de la intoxicación alcohólica.
Detrás de su escritorio, el cuadro al óleo de la Batalla de Puebla estaba desencajado hacia la izquierda.
El compartimento oculto en el muro de ladrillo estaba abierto de par en par.
La caja fuerte electrónica de combinación digital mostraba una pequeña luz verde fija en el teclado: Mateo, en su torpeza inducida por el pánico y la bebida, ni siquiera había tenido la precaución de cerrar la puerta de acero antes de desmayarse en el sillón.
Me deslicé detrás del escritorio con la ligereza de una sombra.
El corazón me latía con fuerza contra las costillas, pero mis manos operaban con la precisión fría de un cirujano militar.
Dentro de la caja fuerte descansaban tres fajos gruesos de billetes de quinientos pesos sujetos con ligas de plástico, una pistola escuadra calibre nueve milímetros reglamentaria y una carpeta de plástico azul marino con el membrete oficial del Estado Mayor Conjunto.
Tomé la carpeta con cuidado de no alterar el orden de los papeles.
Al abrirla, la evidencia cayó ante mis ojos con una claridad devastadora que confirmó punto por punto los reportes de inteligencia.
Eran las copias originales de los contratos de adjudicación directa de la Dirección General de Fábricas de la Defensa Nacional para el blindaje de noventa camiones de transporte de tropas.
Los anexos técnicos mostraban las firmas falsificadas de los inspectores de control de calidad.
Y en la última hoja, grapado a un estado de cuenta de un banco privado de Panamá, aparecía el comprobante de depósito por ochocientos cincuenta mil pesos a nombre de una empresa fantasma llamada «Inversiones Arismendi & Peralta S.A.».
Peralta. El apellido de soltera de Jimena.
Y Arismendi. El apellido ilustre que doña Verónica defendía como un blasón de santidad republicana.
No solo estaban lavando dinero público; habían creado una sociedad mercantil conjunta para institucionalizar el despojo de los recursos del ejército mientras me hacían pasar por una parásita doméstica.
Saqué el teléfono encriptado de mi bata.
Activé la cámara de alta resolución con lente macro y filtro antirreflejo.
Página por página, fotografié cada contrato, cada firma alterada, cada comprobante de transferencia internacional y cada pagaré sellado por Carlos Valenzuela.
El sensor del dispositivo registraba las firmas criptográficas de geolocalización y hora exacta, convirtiendo cada imagen en una prueba pericial admisible de forma incontrovertible en un juicio por traición y delincuencia organizada.
Cuando llegué a la última página del expediente, encontré un documento adicional doblado en cuatro partes.
No era un contrato militar.
Era una escritura notarial de donación pura y simple con reserva de usufructo.
Extendí el papel sobre la madera del escritorio con extremo cuidado.
La fecha del documento era del viernes anterior.
Era la cesión total de los derechos de la residencia de la colonia Anzures —la casa que perteneció a mis abuelos maternos y que yo había aportado de buena fe a la sociedad conyugal al casarme— a favor exclusivo de la señora Verónica viuda de Arismendi.
Al final del documento, en el espacio reservado para la firma de la cónyuge donante, había una firma falsificada con tinta negra.
Un intento burdo pero legalmente ejecutable de imitar mi trazo caligráfico, validado por un notario público corrupto del Estado de México con sellos oficiales de registro.
Un escalofrío abrasador me recorrió la nuca hasta la punta de los dedos.